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miércoles, mayo 01, 2013

A doña Lillian, en este mes de las Madres.

Escrito por Martha Isabel Arana
Los Angeles, California

1ro de mayo, 2013

Escribo y las palabras fluyen espontáneas de la nada.  Pareciera que esta pantalla que hasta hace un rato se vestía de blanco, ha decidido abrirse cariñosa como un par de brazos para que yo, hoy que extraño, pueda vaciar mi alma.   Instantes que se añoran y personas que se guardan para siempre en el corazón me visitaron en este día primero de mayo. En el mes preciso, en el momento más inesperado, llenando mis vacíos con recuerdos melancólicos y cálidos que soplaron cariñosos otras épocas de mi vida.


Mi querida *china.  Hoy ya no está conmigo, pero estas palabras las grito, escribiendo al infinito con la esperanza que me escuche como un susurro en su eternidad.  Siento su presencia en los días de dudas y las mañanas nubladas.   Como aquellas tardes de mis primeros años escolares cuando llegaba corriendo, buscándola y me refugiaba en su regazo.   Esos días que lloraba porque algún párvulo se había comido otra de mis calcomanías o algún maestro me había dado un reglazo por tener mala ortografía.   Me reconfortaba tanto sus brazos cariñosos, su delantal oloroso a comida de mediodía y sus rizos negros que comenzaban entonces a teñirse de blanco.  Su voz dulce cuando me cantaba Cabellito Rubio y demás villancicos y sones de pascua nicaragüenses eran ungüento para el alma.  Disfrutaba tanto jugar con su pelo, mojárselo, peinárselo, insistir en arrancarle las canas, una a una.  Y ella, callada, dejándose hacer hasta que la veía quedarse dormida. Mi querida doña Lillian.  No me acuerdo nunca que en mi casa la llamáramos Lillian a secas, supongo que por respeto.   Ella que fue como mi madre, yo que fui como su hija.  Sin ser parientes, las dos nos quisimos con el alma.





Es que con usted doña Lillian, aprendí a examinar temas, a escuchar con atención y silencio los cuentos de la vida.   A no discutir personas, sino momentos.  A no criticar a nadie, sino entender con respeto.  En su manera sencilla, sin brillo de medallas ni títulos universitarios, cada relato que me narraba traía consigo una enseñanza a tuto.  Jamás nada perturbador, ninguna crítica a nadie, ningún reproche a la sociedad.  Me contaba mil y una historias despues del almuerzo que llenaban mi mente de fantasía e ideas.  Palabras buenas y planteamientos sanos, llenos de imágenes e ilustraciones como el mejor cuento de hadas.  Era usted mi biblioteca de pequeñas fábulas, de dichos, de leyendas en aquella Nicaragua que le daba poca importancia a la literatura infantil.

    
¿Se acuerda? De cada departamento me detallaba alguna historia.   Allá en Rivas se me apareció el Cadejo el día que murió mi abuela, me contaba.   En León, una señora escuchó una voz misteriosa desde la tenebrosidad del fondo de su casa y se asustó tanto que no pudo caminar ni al zaguán porque los pies se le hincharon como planchas de acero.   Una señora de Masaya me platicó que solo gritando malas palabras pudo alejar a los espíritus de su casa.  Aquellos que tenían caras de duendes.   Que allá en Chinandega aparece un muerto colgado de un árbol las noches de luna llena.  En Semana Santa a lo mejor y vemos pasar al Judío Errante, tenemos que estar pendientes.   Los viernes santos hay que respetarlos.  No corrás, qué Jesús está en el suelo.   Hagamos cruces de palmitas por si se nos viene una rayería.  Está lloviendo con sol, está pariendo una venada, se están casando las viudas, están pagando los culpables.   ¡Corré...vamos, ayudame a descolgar la ropa, porque en un ratito va a llover!  
¡Qué bonitas tardes tuve yo a su lado, en la serenidad de mi casa, en la inquietud de mi mente!


Pasamos juntas noches de tragedia, dolor de terremoto, terror de guerra, bombas de muerte, escasez, hambre, enfermedades, frustración, incertidumbre. Sin embargo, son los buenos momentos a su lado los que enriquecieron mi vida.  Las anécdotas, las tardes de sol batiendo aquella masa de azúcar, mantequilla y huevo mientras mirábamos la televisión, soñando con el olor a pastel y empanadas que vendría despues.  ¿Se acuerda cuando viajamos a Guatemala por tierra y su maleta salió volando en la carretera? ¿Y cómo olvidar aquella noche de la culebra? ¿Y aquella otra vez que...? Detalles y complicidades que solo usted y yo sabemos.  Historias que solo nosotras entendemos.   


Sin ser su hija, sin ser usted mi madre, la quise como tal, aunque ya no esté conmigo.  Descanse en la paz del infinito. ¡Feliz Día de las Madres, mi viejita linda!  



*China:  Vocablo nicaragüense que significa niñera.




                                            Otras historias 

miércoles, agosto 01, 2012

De manos de una inmigrante

Escrito por Martha Isabel Arana

Me lo decís a mí que ya no me cuentan cuentos.  Llevo 25 años y más de la mitad de mi vida viviendo en esta tierra ajena, tan diferente de la mía.   Si acabás de venir de Nicaragua pudiera contarte  algunas mentiras que a veces fluyen solas con la excusa de alimentar piadosamente la esperanza del recién llegado.  Pudiera decirte por ejemplo, que con el tiempo ya no vas a sentir la nostalgia que ahora te invade. Pero allá vos si querés creerlo. Tampoco me atrevo a decirte que dentro de 20 años y un día, después de trabajo arduo y honrado probablemente vas a estar igual que como viniste.  Ojalá que estés mejor económicamente, pero nadie te garantiza eso.  A lo mejor vas a estar en peores condiciones, todavía ilusionado con aquel famoso sueño americano de los cielos azules y las estrellas blancas.  Sí, acordate, aquel que nos hicieron creer y para muchos no fue sino un oasis en el desierto árido de la vida de inmigrante.  Mucho menos quiero insinuarte que no va a ser tan fácil volver a Nicaragua cada año, ni que vas a poder regresar cuando te dé la gana porque cuando te das cuenta, ya el calendario ha cambiado sus fechas y comenzaste a echar raices en esta tierra.
¡Cuántas ilusiones vamos dejando tiradas en el camino los inmigrantes con el correr de los años! 

Te voy a contar lo que me pasó.  Cuando vine a Estados Unidos (el lugar que el destino me señaló para pasar mis días y no me acuerdo de habérselo pedido) la novedad fue una droga que me hizo olvidar Nicaragua por un tiempo.   Se me nublaron los sentidos y se me atolondró el alma con tantas cosas bonitas, nuevos sabores, personas y nacionalidades diferentes que despertaron mi interés.   En mi afán por olvidarme y no deprimirme, me apresuré a adoptar la nueva cultura y hacerla mía.  Quise incrustarla bajo mi piel, olvidarme de todo lo pasado y comenzar una nueva vida.  Estudié, aprendí, socialicé, me enamoré, trabajé de sol a sol. Todo perfecto. Al pie de la letra como señalaba el manual de supervivencia que yo misma me había impuesto.

Pasado el tiempo, cuando lo diferente se volvió rutina y las tardes se presentaron monótonas, comenzaron a colarse de a poquito los recuerdos de aquellos años de niñez que ya nunca volverían.  Me visitaba en mis sueños, misteriosa, la visión de volcanes majestuosos reflejados en aguas cristalinas.  Comencé a añorar, casi sin darme cuenta, aquel olorcito a desayuno nicaragüense, dulces, especies, frutas escandalosamente tropicales con sabores exquisitos como las bromas y carcajadas que nacían espontáneas en las tertulias familiares.  No sé ni como pasó pero comencé a añorar lo que pensé que nunca me haría falta.  Después de cantar tantas canciones de moda en inglés con mi acento hispano, se me salían las lágrimas cuando escuchaba de algún viejo cassette el son de las marimbas o el rasgueo de una guitarra lejana, instrumentos que siempre me parecieron enviados por los dioses para ser acariciados por los dedos fuertes de un nica.

Si no volviera a escuchar el canto de mi pueblo
ni el acento alegre hecho canción
qué el son de tus guitarras
vigile mi destino
guardando el sueño eterno arrullador.

La nostalgia se acentúa cuando otras penas te acompañan.   Una vez pasada la euforia de los primeros tiempos, comencé a sentir la soledad helada que se vuelve compañera constante de aquel que se atreve a volar lejos de los brazos maternales de la patria que le dio la vida.  Comenzaron las desilusiones y los eventos diarios que fueron secándome el alma a pura lágrima de decepción e impotencia.  Aprendí lo que es el racismo y el etnocentrismo perturbador.  Se burlaban de mí porque hablaba "chistoso" o porque mi cultura era distinta.  Supe que no debía decir palabras naturales de mi léxico como pinche (tacaño), chingo(corto) o arrecho(muy enojado) sin que la gente se escandalizara por mi franqueza al escupir malas palabras, según ellos. Me dolía cuando decían que jamás habían escuchado el nombre de mi adorada Nicaragua.  Me ardía ser parte de estereotipos estúpidos.  Como aquella tarde hace muchos agostos, cuando alguien le dijo a mi entonces novio que no se casara conmigo porque todas las nicas éramos putas.  Sí, dolió.  No porque me dijeran prostituta porque ellas son seres humanos, que sienten, aman y acurrucan las penas entre sus pechos como solo las mujeres sabemos hacerlo, sino por la intención cruel que llevaban las palabras, dardos venenosos nacidos de la ignorancia.


Si no volviera a ver tu cielo vivo patria mía
si pereciera triste lejos de tu sol
de blancos sacuanjoches
abraza fiel mi alma
para llegar perfumada ante el Señor.

Es entonces cuando añorás más que nunca la sonrisa amable de aquella vecina que te vio crecer, el abrazo lleno de confianza que te brinda el amigo de infancia, los corazones siempre abiertos para vos y que te convencen que sos una persona buena y de fiar.  Que no sos un pinche extranjero asesino, violador, ni que viniste a este país con la mala intención de robarle el trabajo a nadie.  Ser inmigrante es salirte de la burbuja cómoda y tibia donde creciste y que flota fuera de tu alcance sin otra despedida que la visión efímera de un arcoíris a punto de estallar.

Soy inmigrante para siempre. Ni de aquí, ni de allá.  Un día sintiéndome parte de los dos mundos en que he vivido y otro, abandonada por ambos.  El tiempo pasó y los sentimientos como en una montaña rusa, subieron y bajaron.  He sido presa de la depresión de los valles (especialmente cuando regreso de algún viaje de vacaciones a Nicaragua), de la tristeza de llegar a mi tierra y ya no reconocer a nadie, de estar olvidando mi propio idioma y mis costumbres, de sentirme extraña en mi propio hogar. Pero también he sido testigo del sol calentándome el rostro en la cima de los momentos buenos, de las grandes experiencias, de la gente con un corazón generoso sin importar su origen y de la lucha de todos los latinos, constante a pesar de los días melancólicos que cada quien guarda celoso en el silencio de su habitación.

Migración, un concepto que algunos miran como enfermedad apestosa y otros como una oportunidad.  Sinónimo de vivir en el aire y a la vez en todas partes.  Inglés imposible, español olvidándose. Inventando palabras o mezclándolas con el inglés para poder darnos a entender en esta Torre de Babel.  Escandalizando a la Real Academia Española por nuestras ocurrencias en este submundo que hemos llamado hogar.  Cincuenta millones de hispanos viviendo a diario la lucha práctica y necesaria, llevando con orgullo la etiqueta de inmigrantes aunque sea escrita con prisa y mala ortografía mientras se huye de la migra.  Descaradamente atreviéndonos  a tejer un sueño en una tierra donde no somos necesariamente bienvenidos.  Dejando  a la vez correr en las venas los recuerdos de nuestra patria como un bálsamo calmante y necesario para que el corazón aguante. Inmigrante.  Más que un calificativo humillante,  una fuerza que nos hace levantar la cabeza y nos motiva a seguir adelante porque hay una familia que mantener y una renta elevada que pagar al final de un mes que se va volando y no perdona flaquezas. 

Aquí estamos luchando y aquí seguimos soñando mientras tengamos fuerzas.  Mientras tanto yo sigo fantaseando con mi paisito tropical de caminos de colores que se elevó al cielo una mañana de enero como una burbuja y se perdió entre mis papeles e intentos de poemas...

Si la espuma fresca de tus mares ya no viera
ni de la montaña fresca su verdor
mis párpados de hielo
clausura suavemente
con el dulce soplo de tu amor.
Si tus tibios lagos jamás me acariciaran
y los ríos me negaran su color
mis tristes labios secos
endulza de agua fresca
para no llegar sedienta ante el Creador.
Desde arriba te estaré soñando Nicaragua
bendiciendo eternamente mi nación
porque llevo labrados
azul y blanco los colores
con lágrimas de fuego, lucha y dolor.


También publicado en La Prensa 
con motivo del  Primer Festival de Blogs, Nicaragua
Foto cortesía de José Rafael Burgos C./Moralimpia.Net








miércoles, abril 18, 2012

Las noches del 79 y el platillo volador



Escrito por Martha Isabel Arana
Fullerton, California 
20 de abril del 2012



Todo había pasado por nuestro repertorio de niños con futuro incierto que se entretenían a jugar para no sentir.  Benottos y Shoppers, hula hoops, los huevos en las esquinas, sal y pimienta, stop, 123 queso.  Tardes de rayuela y Harold Lloyd colgado en su mundo blanco y negro de un reloj.  Un Monopolio viejo secuestrado del armario de alguien, patines de hierro con frenos azules, el cero escondido, el pegue corrido y también el congelado.  Ya habíamos asaltado el parque, jugado jacks, hecho varias excursiones de inspección a las futuras etapas del reparto y visitado la casa de los fantasmas, la que tenía un arbolito enfrente, que era la primera de la cuadra.  Habíamos cazado mariposas y contado cien de los mejores chistes en las aceras cálidas del barrio.  Nos habíamos aprendido de memoria el LP de Grease, en una jerga que cantábamos al unísono igualita según nosotros al inglés. Habíamos practicado los pasos de Travolta, Village People, ABBA y su Dancing Queen

Bueno habíamos hecho casi todo tengo que aclarar, porque en los primeros meses del 79' a los chavalos de "La Colonia" nos dio por jugar eternos partidos de
kickball.  Nada interrumpía nuestros juegos solo alguna patrulla de la Guardia Nacional que pasaba en nuestra calle de vez en cuando y dejábamos nuestras bases a regañadientes para dejarlos pasar.  Los ojos vacíos y sin esperanza de los soldados se cruzaban con los míos, mientras los cascos verde olivo saltaban levemente en sus cabezas de muchachos demasiado jóvenes, al ritmo de sus vehículos militares.  


Ni la guardia ni la casa de los fantasmas de la esquina, la del arbolito, habían logrado que desistiéramos de nuestros partidos nocturnos. 1, 2, 3 ... ¡estás out! ¡estás out!  y cambiábamos de posición en un bolero sin fin, bailado al ritmo de las ocasionales balaceras de León, que en aquellas tardes que iban y venían, parecía que era la única melodía de fondo. 

Una noche, alguien comentó que estaba apareciendo un platillo volador en el techo de la casa de mi vecino.  Un cuento bastante curioso al que no prestamos mucha atención. Unas noches más de juego y otra vez el rumor.  El miedo fue escalando y el temor fue tal, que dejamos de jugar kickball por un tiempo.   Preferimos comenzar a pasar nuestros ratos libres en sitios más seguros como el cuarto de algún vecino, cantando
Se va el Caimán.  Yo estaba aterrorizada.  Después de todo, el platillo volador seguramente se había movido y cualquier día estaría sobre mi ventana.  No olvidemos, era yo la vecina con grandes posibilidades de ser visitada.  No quería salir de mi casa y si salía, no quería volver.  Sobre todo porque los chavalos de La Cuchilla, el vecindario contiguo, me aseguraron que por donde ellos vivían andaban escondidos detrás de los matorrales del charco de las ranas, unos hombrecitos enanos y verdes.  


Finalmente una noche, después de tanta espera y angustia, alguien llegó gritando a nuestro grupo... ¡allí está, allí está el platillo volador, corran a verlo, otra vez, en la casa de los Argüello!  Salimos todos apresurados a ver y sí, efectivamente, esferas ovaladas de luz blanca crecían y se contraían a lo lejos.  Nos quedamos todos atónitos observando el fenómeno, congelados, quietecitos, extasiados.  Alguien corrió a alertar a los dueños de la casa para que se cuidaran que no se los llevaban los marcianos (en aquella época les llamábamos marcianos y no tenían ojos negros ovalados).    Pero los extraterrestres no se los llevaron ni a ellos, ni a mí porque no había tales.   Resulta que don Carlos era soldador y en los ratos libres se ponía a trabajar en sus proyectos nocturnos.  Por cuenta las chispas de su equipo se reflejaban de alguna manera en la antena de su casa cuando él encendía la antorcha y ese era el deslumbre que nosotros mirábamos.  Por lo menos eso fue lo que yo entedí, que por no ser soldadora ni electricista nunca supe bien el cuento.  Ya nadie volvió a hablar de los marcianos, si eran verdes o parecían enanos.   Desde entonces y a través de los años, jamás me los volví a encontrar. Ni a ellos, ni a los chavalos de las noches del 79.  Todos nos fuimos para otros mundos.
 




miércoles, agosto 31, 2011

Los duendes que no emigraron

Escrito por Martha Isabel Arana 
Orlando, Florida 2008

Un poco desorientada por los ojitos curiosos de los sobrinos ya grandes y los nuevos vecinos que llenaban de alegría las calles de su antiguo barrio, buscaba consuelo en los recuerdos del último día que estuvo en su tierra, añales atrás. La mañana aquella bonita y fresca que quedó para siempre grabada en su corazón. El día aquel que salió con una maletita vieja y una caja de encargos olorosa a quesos y pinolillo para los parientes lejanos que le habían enseñado a querer pero que jamás había visto. Recordaba la inocencia con que marchó al norte, pensando que en los Estados Unidos no habría café, ni frutas, ni panes porque la gente que regresaba no paraba de decir que extrañaba mucho las rosquillas, los jocotes y el cafecito del norte.

Volvía ahora con un corazón cambiado, con los ojos llenos de mundo y con nuevas experiencias limpiamente organizadas en su maleta nueva. Ahora sabía de computadoras, preparaba año con año sus taxes, leía el periódico on-line y hasta entendía un poco la causa de la caída precipitosa del stock market porque había comentado los eventos en los message boards. Ya no creía en supersticiones, ni en caminos embrujados poblados de duendes con pies volteados y cotonas coloradas. Contenía la risa recordando que cuando salió del pueblo se fue preocupada pensando que los duendes se irían con ella, hostigándola, tirándole piedritas y llamándola por su nombre como hacían los chavalos enamorados con las muchachas bonitas. Después de todo ¿quién no sabía que el famoso duende de Yalagüina, el que cargaba de flores y le tocaba guitarra a la Juanita Vindell, había emigrado para Honduras? ¿o de los duendes bandidos de Cuapa que se fueron detrás de la mamá de la Florita para ayudarle a cargar la vacinilla en la mudanza? Pero no. Estos duendes fueron menos aventureros y no se fueron con ella para ningún lado. Jamás los vio en los Estados Unidos, ni siquiera en los barrios de Miami o San Francisco donde abundan los nicas y huele a nacatamales gringos.


Sus creencias fueron tomando un nuevo matiz y aprendieron a hablar un nuevo idioma. Su vocabulario cambió de ceguas, duendes y mocuanas a Weeping ladies, Bloody Mary (con sumo cuidado de no repetir el nombre tres veces frente al espejo en un baño oscuro), leprechaun y haunted houses. La contaminación eléctrica de su nueva vida contribuyó a que olvidara con el tiempo las leyendas de su tierra donde la superstición era el hábitat natural de los espantos del pueblo y sus extravagantes cuentos de camino. 

Se levantó de la mecedora y se lanzó a la noche a recorrer el viejo camino de tierra sin temores ni remordimientos. No se percató que detrás de un árbol de chilamate, calladitos y sin prisa estaban espiándola otra vez los mismos duendecitos de sus temores de antes. Allí estaban, con sus piedritas en la mano, afinando sus vocecitas para cantarle historias de amor. Tan cerquita a ella como su propia sombra, listos para susurrarle que seguían fieles al pueblo y al regreso de ella. Ansiosos de decirle que la tierra al igual que sus espantos jamás olvida al que emigra. Allí habían estado esperando volver a verla, haciendo alboroto detrás de los ventanales del aeropuerto, esperando ver que les llevaba, listos a que cruzara el umbral mágico de Nicaragua para ayudarle a cargar su maleta.


domingo, mayo 01, 2011

El lamento de La Mocuana


Escrito por Martha Isabel Arana
Orlando, Florida 2005

La pérdida súbita de su inocencia caía sobre ella más fría y pesada que la oscuridad de la cueva que la amortajaba. El derrumbe de las piedras en la entrada aún resonaba en el esqueleto de su alma, como campanas que demasiado tarde le advertían del gran error que en nombre del amor había cometido. Silenciosa meditaba sobre el maldito y bello momento que conoció al blanco conquistador que con sus ojos claros como el cielo del Valle de Sébaco, y el cabello tan rubio como el oro que guiaba su destino, había hecho de ella un simple objeto de placer.

Acababa de ser enterrada en vida por el hombre que amaba. Había sido cruelmente engañada por aquél que la había convencido para que confiara en él y le contara el secreto del lugar donde el cacique, su padre, guardaba el tesoro que pertenecía a esta región esteliana. Generosa, lo había guiado hacia el lugar ambicionado y al obtener las riquezas, el ingrato había partido, dejándola muriendo de dolor, perdiendo poco a poco el juicio con cada lágrima de desesperación que derramaba por él.




Su padre se lo había advertido. Los blancos no se habían resignado con los regalos de oro que al principio de su llegada él les había obsequiado. Lo había notado en la codicia que se dibujaba en sus brillantes ojos al apreciar el precioso metal. Lo había adivinado en la lujuria que traicionaba sus miradas al contemplar a las jóvenes mujeres de la región.

En su encierro, la hermosa india no le temía a la oscuridad y al silencio. Había crecido corriendo en los cerros, disfrutando el agua fresca de los ríos, jugando en la montaña. Encontrar la salida de la cueva no era su problema. Era otra clase de oxígeno el que su ser necesitaba. Había traicionado la confianza de su padre, había perdido la luz tierna de esos ojos que tanto amaba, y sospechaba que en su vientre una nueva vida comenzaba a latir.

Cuenta la leyenda que la actitud de su amante y su sentimiento de culpa provocó que ella perdiera la razón. Otras versiones de esta historia aseguran que fue el cacique enfurecido quien la encerró en la montaña, condenándola a un castigo eterno a pesar de conocer su estado de preñez. Sea cual fuere la triste situación, desde aquel momento la bella joven se convirtió en la Bruja de la Mocuana, espanto temido en toda la región. Se rumora que invita a los hombres que recorren los caminos a seguirla hasta la cueva, y ellos, seducidos por su negra y larga cabellera y su hermoso cuerpo no pueden declinar la invitación. Otros aseguran que se roba y asesina a los recién nacidos, y como pago por su delito deja a los padres del niño algunas pepitas de oro como un recuerdo macabro de su infortunio. 

Ilustración de texto: David Alfaro Siqueiros

martes, abril 26, 2011

Adiós, mi vieja Managua



Escrito por Martha Isabel Arana
Orlando, Florida
Enero 2010


Es una lástima que estuviera yo tan pequeña la noche del fatídico diciembre de 1972 y solo recuerde un par de fugaces detalles de la vieja Managua. Crecí viendo a mi ciudad tras alambre de púas, en escombros, con paredes rajadas e interiores semi desnudos, sin techos ni paredes, dinamitada. Aprendí a conocer de memoria los cuentos del famoso malecón, los parques y las alegres avenidas porque las personas mayores añoraban sus recuerdos en cada reunión familiar, como queriendo exorcisar los temores de tiempos nuevos. Amé a Managua a través de los ojos de otras generaciones, con nostalgia de épocas mejores, con resentimiento hacia el terremoto que nos arrebató nuestro orgullo. La antigua capital fue para mí la imagen tras la vitrina, el objeto deseado pero nunca obtenido. Aquella ciudad que estuve a punto de vivir, pero llegué ya tarde.

Las primeras memorias de mi niñez parece que comenzaran, irónicamente, la noche del terremoto. Esas ráfagas aparentemente olvidadas, vuelven como olas de mar cuando miro imágenes de paises viviendo experiencias similiares, ayer México y Perú, hoy Haití. Mi Managua se mecía violentamente hace 37 años y los vecinos lloraban, persignándose, jurando que era el fin del mundo en una madrugada interminable de miedo y fatalidad. No estaban tan lejos de la realidad, era el fin de una época, solo el comienzo de nuevos eventos en nuestras vidas.


Yo era demasiado pequeña, no recuerdo los incendios que estallaban por todos lados por ejemplo, ni podía comprender en sí, las consecuencias de todo lo que se nos venía encima. Mi mente de niña solo captaba detalles de cosas extrañas o fuera de lugar que nunca había visto. Una panita verde con agua en el suelo me intrigaba porque de vez en cuando cobraba vida y se movía sin tocarla. El carro rojo de la familia se balanceaba como campana sin sonido, como si el espíritu de la noche lo tuviera poseído. Una vecina gritaba palabras que no entendía y alguien pasaba por la calle sollozando mi familia, donde está mi familia? Mi gente me rodeaba con rostros llenos de expresiones que yo jamás había visto, rezando y clamando ¡Sangre de Cristo! cada vez que temblaba. Mientras tanto mi querida Managua, la que murió sin dejarse conocer bien por toda mi generación, la que se fue sin darnos tiempo de darle un beso, sucumbía ante la naturaleza que nos mecía a todos aprovechando la oscuridad, sin piedad…



lunes, abril 11, 2011

Si no volviera a verte patria mía



Si no volviera a ver tu cielo vivo patria mía
si pereciera triste lejos de tu sol
de blancos sacuanjoches
abraza fiel mi alma
para llegar perfumada ante el Señor.

Si la espuma fresca de tus mares ya no viera
ni de la montaña fresca su verdor
mis párpados de hielo
clausura suavemente
con el dulce soplo de tu amor.

Si tus tibios lagos jamás me acariciaran
y los rios me negaran su color
mis tristes labios secos
endulza de agua fresca
para no llegar sedienta ante el Creador.

Si no volviera a escuchar el canto de mi pueblo
ni el acento alegre hecho canción
qué el son de tus guitarras
vigile mi destino
guardando el sueño eterno arrullador.

Desde arriba te estaré soñando Nicaragua
bendiciendo eternamente mi nación
porque llevo labrados
azul y blanco los colores
con lágrimas de fuego, lucha y dolor.


Martha Isabel Arana
3 de marzo, 2011
Fullerton, California




domingo, enero 16, 2011

Memorias de una muchacha bonita



Escrito por Martha Isabel Arana
Orlando, Florida 2005

Cuentan que hace años, un muchacho de Managua fue invitado a una boda en la antigua Ciudad Universitaria. Llegado el día, aunque estaba nublado y los ánimos lo invitaban a quedarse en casa, Ernesto, el joven de la historia, no quería perderse el esperado acontecimiento porque quien se casaba era uno de sus amigos más queridos. Pensando que valía la pena el viaje y tomando en cuenta que León no está muy lejos de la capital, decidió salir temprano para llegar a tiempo y no sufrir ningún atraso. Cuando llegó a la zona donde el Lago Xolotlán comienza a coquetear mostrando su azul a las personas que transitan la Carretera Vieja a León, comenzó una lluvia fuerte a caer sin clemencia, desbordándose el cielo y provocando uno de esos aguaceros tropicales que parecieran no van a parar jamás.

No había dejado  atrás el recuerdo del lago, ni el olor a tierra mojada había abandonado su mente, cuando de pronto divisó a un lado de la carretera a una muchacha  de cabello hermoso  haciendo señas para que la ayudara. Ernesto bajó la velocidad de su carro y al detenerse, ella le comentó que su vehículo estaba dañado y que necesitaba viajar a León para asistir a una boda a la que había sido invitada.  Compadecido por verla sola bajo ese tiempo amenazante, el joven decidió llevarla y así aprovechar un poco de buena compañía.  Al comenzar a platicar con ella no pudo evitar dejarse llevar por la calidez de su voz y la sencillez de su sonrisa que contrastaban con la palidez fría en su rostro delgado. Casualidades de la vida, la boda que ambos asistirían resultó ser la misma y entre canciones y alegría, él buscaba cualquier minuto libre para apartarse de sus amistades y acercarse a ella.  La muchacha, sola en una esquina de la casa, parecía esperar  únicamente su compañía.  Se ofreció entonces Ernesto para llevarla de regreso a Managua, lo cual ella aceptó gustosa y ambos partieron cerca de la medianoche.  El joven disfrutaba la compañía  de su compañera, el negro fondo de su cabello de estrellas y la plática serena que solo una persona que ha perdido todo y está en paz puede ofrecer.  El aire se llenaba todo con el olor natural de mujer bonita.



Cuando venían por la misma zona del lago donde Ernesto la miró por primera vez, ella le dijo que se detuvieran, que tenía que bajar. El insistió en acompañarla hasta su casa, pero la muchacha se negó rotundamente. Le explicó que moraba muy cerca de allí, que no quería que se atrasara porque era peligroso viajar de noche.   Entonces él le prestó su saco para que se protegiera de la llovizna que aún caía ligera, buscando una excusa para verla nuevamente. Se bajó la muchacha de prisa y se perdió en la neblina espesa de un caminito perdido.  Ernesto hubiera jurado que flotaba al caminar, como las apariciones en pena en las noches cálidas de la Semana Santa.

Al día siguiente regresó al camino que lucía ahora distinto bajo la luz del sol.   Esta vez no había lluvia,  neblina, mucho menos muchacha.  Se bajó, buscó, preguntó en diversos caseríos dando las señas y el nombre de la misteriosa y hermosa mujer que lo había acompañado la noche anterior. Sorprendidas las personas que se acordaban de ella, le dijeron que esa joven había fallecido hacía mas o menos un año en un trágico accidente  en una tarde lluviosa camino a una fiesta en Poneloya.   Incluso le comentaron que había una cruz cerca de allí con nombre y fecha. El joven se sentía confundido y poniéndose de mal humor pensó que las buenas personas se burlaban de él.    Pidió entonces que lo llevaran al lugar donde supuestamente estaba enterrada la pobre muchacha porque no podía creerlo.  Su corazón latió con fuerza y un escalofrío inesperado cubrió su cuerpo ante una visión insólita que no esperaba.  Colgado en la cruz estaba su saco, inconfundible. Lo tomó en  sus manos temblorosas, lo acercó a su rostro para cerciorarse que era suyo y lo sintió húmedo, frío, marchito.  Mezclado con su propio perfume, apenas casi perceptible flotaba en el aire el olor agradable de aquella mujer bonita.




sábado, enero 15, 2011

30 años despues



Escrito por Martha Isabel Arana
Orlando, Florida 2007

¡Dicen en la pulpería que ya los muchachos se tomaron el comando! – comentó mi madre de prisa mientras se subía al carro. ¡Vámonos del centro! ¡Vámonos de aquí…! – En ese mismo momento un soldado de la Guardia Nacional abría fuego violentamente en una esquina, vaciando su ametralladora en la historia de mi pueblo. En la confusión sólo escuché el grito desesperado de mi padre que nos decía ¡agáchense que nos mata! Sin embargo, siendo una niña, la curiosidad y el miedo me dejaron clavada en el asiento trasero del carro, viendo, escuchando, grabando en la memoria como milagrosamente nos salvábamos aquel día de aquellos disparos al azar que no llegaron a alcanzarnos.

El año pasado y treinta después, camino cerca de aquella misma esquina donde un guardia disparara, para visitar el Museo de Mitos y Leyendas de León. En vez del soldado de mi historia, la estatua de un guerrillero me saluda en la entrada del museo con una piedra en la mano. Lo que fue en aquel entonces la Carcel la 21 (llamada así porque fue edificada en 1921) es ahora el lugar donde los mitos y leyendas se reúnen como muestra palpable de las creencias y supersticiones de nuestro pueblo.

Una muchacha de sonrisa amable, estudiante de segundo año de turismo según nos dijo, se ofrece a darnos el tour. Como un poema macabro que ha tenido que aprender, nos recita de memoria y casi sin respirar las historias de nuestras leyendas y los horrores de las torturas de la famosa 21. Nos anuncia que es una lástima que hayamos llegado en ese momento. Se acaba de ir la luz, como todas las mañanas, y no podremos escuchar los efectos y voces de los espantos.

“Allí metían de cabeza a los hombres que estaban torturando” nos dice señalando unas piletas a mano derecha. “Dicen que les hacían tragarse unos botones amarrados a un hilo y después se los jalaban”. A mí me da escalofríos y prefiero enfocar con mi cámara a La Llorona que tomarle fotos a otras espantosas memorias.

Me percato entonces que aunque el tiempo ha pasado, algunas escenas quedaron aún flotando en el aire, listas para empaparme sin aviso como aguacero de mayo. Mis antiguos miedos de muerte, violencia y destrucción han quedado aparentemente atrapados en amarillos libros de historia, nítidamente doblados para no perder la página donde habia quedado. Otros, tercos como éste, se escapan furtivos y finalmente me liberan.



viernes, enero 07, 2011

Recuerdos




Escribo sin prisa
cuando pienso en vos
contando palabras
tentando los versos
como si invocarte
me llenara de infinito
del silencio suave
que duerme en las letras
y de la risa fresca
que habita en tus besos.

Escribo con prisa
cuando pienso en vos
como presintiendo
que el tiempo se apaga
que fluyan las ganas
como hojas al viento
que brillen, que canten
y formen incendios
deseando en silencio
la noche que embriaga.

Escribo la vida
Cuando pienso en vos
violento aguacero
de aguas tranquilas
que guarda celoso
etapas vividas de
estrofas que esconden
en su fuero candente
la lava que arde
en tus mansas pupilas.

Martha Isabel Arana
 Orlando, Florida
Abril, 2010


jueves, enero 06, 2011

Diciembre de mis recuerdos




Tú que estás lejos
de tus amigos
de tu tierra y de tu hogar
y tienes pena,
pena en el alma
porqué no dejas de pensar.

Tú que esta noche
no puedes
dejar de recordar,
quiero que sepas
que aquí en mi mesa
para Ti tengo un lugar.


En aquellos diciembres de mi niñez, las primas recorríamos la casa entera de los tíos inventando juegos y descubriendo secretos empacados en papel de regalo. A medida que iban llegando, otros miembros de la familia colocaban sus obsequios al pie del árbol de Navidad para deleite de nosotras que llenas de curiosidad no queríamos perder ningún detalle. La tele con su imagen en blanco y negro, interrumpía de vez en cuando nuestros juegos para alegrar el ambiente con algún comercial de moda que cantábamos de memoria: En el nuevo año venidero, se lo deseamos placentero, saboreando la vida por entero.... Los primos varones se entretenían afuera, en la calle, aprovechando la fumadera de "los grandes" que entre tragos, boquitas y música se divertían observando a los muchachos encendiendo candelas romanas, bombas y triquitracas que explotaban una tras otra dejando en el pavimento los rastros de pólvora, periódicos y uno que otro cachinflín que se había escapado y no había explotado a tiempo en su apretada envoltura roja.


Yo no olvido el Año Viejo
porque me ha dejado cosas muy buenas
me dejó una chiva, una burra negra
una yegua blanca y una buena suegra...


Finalmente, después de tantos cohetes, pepsi-colas, juegos, abrazos de media noche, Misa de Gallo y ojos cansados, venía mi hora favorita: la cena familiar. Nos reuníamos las diferentes generaciones en una enorme mesa decorada para la ocasión, donde relucían y llamaban mi atención unas grandes manzanas coloradas y racimos frescos de uvas, frutas que no se acostumbraba ver en el país más que para esas fechas. Kilométrica para mi estatura, nuestra mesa parecía alargarse un poco más cada año a medida que los primos mayores se casaban y nuevos parientes pasaban a formar parte de nuestra familia. En el lugar de honor de la mesa se sentaba la abuelita con sus hijos a ambos lados. De mayores a menores, el otro extremo de la mesa era territorio reservado para nosotros, los chavalos y los "jóvenes de corazón" que entre bromas y sonrisas insistían que de ese puesto nadie los movía.



Comenzaban las presentaciones, los discursos, el brindis. No faltaba el primo bohemio que levantando su copa y declamando sus versos erizaba la piel y robaba la atención incluso de los más pequeños:


"Por esa brindo yo, dejad que llore,
y en lágrimas desflore
esta pena letal que me asesina;
dejad que brinde por mi madre ausente,
por la que llora y siente
que mi ausencia es un fuego que calcina.

Por la anciana infeliz que sufre y llora
y que del cielo implora
que vuelva yo muy pronto a estar con ella;
por mi Madre bohemios, que es dulzura
vestida en mi amargura
y en esta noche de mi vida, estrella..."


Al igual que los amigos del poeta, nuestra mesa también callaba no queriendo profanar el sentimiento nacido del dolor y la ternura.


Rompía el silencio los aplausos, los gritos, la algarabía. Las manzanas y las uvas una por una desaparecían de los centros de mesa como si disfrutaran saltando de mano en mano entre los chistes y las risas de los presentes: "ella se llevó una", "yo vi que se la metió en la cartera", "vos ya te comiste dos, no te las comás todas!". Venía enseguida la delicia de la noche, el pavo o chompipe, con el relleno preparado para la ocasión de manos y esfuerzo de las tías. Sabíamos que después de la comida vendría el riquísimo Pío V, cuyo "quinto" había sido substituido cariñosamente con el nombre de la tía quien con tanto amor lo preparaba año tras año, inmortalizando de esa manera su receta en nuestras vidas.
Aún recuerdo a las tías, las manzanas, la alegría y una que otra nota de esta mi canción preferida...

Me perdonan que me vaya de esta fiesta,
pero hay algo que jamas podré olvidar,
una linda viejecita que me espera
en la noche de esta eterna navidad...
Faltan 5 pa' las doce...


 Martha Isabel Arana
Orlando, Florida
12 de diciembre, 2006


miércoles, febrero 10, 2010

Recuerdos de un suceso en el Valle La Cal

"En un valle llamado La Cal del departamento de Jinotega, vivían diez familias, la mayoría de apellido Centeno. Las diez familias estaban agrupadas de la siguiente manera, seis casitas en la ladera de la montaña y cuatro en el llano. En la casa de mis Padres, que estaba entre las cuatro casas del llano, vivíamos, aparte de los 12 hijos, mis dos padres y un tío llamado Juan Centeno quien era hermano de mi Madre.

A principios del año 1920 Clemente Centeno Blandón (hermano de mi Padre) se casó con una mujer llamada Juana Sobalvarro, la cual procedía del valle llamado Jocomico, cercano al poblado de Sacalí (popularmente conocido ahora como Sacaclí). Clemente había construido una de las seis casitas del grupo de seis y al casarse él con la Juana, se la llevó a vivir a La Cal junto con la hija que ella tenía llamada Rumalda. Desde que la Juana se asentó en La Cal se dio a la tarea de informarle a los habitantes del caserío que ella era una bruja y que tenía poderes de hacer maleficios.

Con el tiempo, se fue consolidando su fama de Hechicera ya que se comentaba en los alrededores que diversas personas que se habían atrevido a contrariarla, habían muerto repentinamente producto de enfermedades raras que se le atribuían a hechizos practicados por “la Juana”. Nadie se atrevía a ofenderla o buscarse una enemistad con ella por miedo a que ella se ensañara contra el ofensor o algún miembro de la familia de éste. Tal era el miedo que le profesaban a “la Juana Sobalvarro” que por un lado, nadie visitaba su casa la cual estaba siempre custodiada por un par de perros bravísimos y por otro lado siempre que se hacía alguna actividad en el valle, ya fuera la celebración de algún rezo, o una fiesta por cualquier motivo, tenían que invitarle a ella y su familia. Y ya en la actividad, ella y su familia ocupaban los lugares de mayor importancia y sobre todo al momento de repartir la comida y el guaro, ellos tenían que ser los primeros en ser servidos, porque si así no sucedía, ella junto a su familia se levantaban y se iban del lugar hacia su casa, lo cual significaba un seguro y certero maleficio para el que la invitó a la actividad y no le sirvió de primero.

Resulta que Juan Centeno (mi tío), se había casado con la Rumalda (hija de “la Juana”), pero no sé por qué razones, él ya no vivía con ella y vivía con nosotros en la casa de mis Padres. En una ocasión, esto es allá por el año 1933 o 1934 que mi tío frecuentaba a una muchacha de apellido Gutiérrez Rizo que vivía en el valle de Las Mesitas, que está a una distancia de una legua de La Cal.

Mi Tío Juan era un hombre a quien le gustaba salir a cazar durante el día, él utilizaba una escopeta de doble cañón propiedad de mi Padre. En una ocasión, ya siendo de noche, él venía de regreso hacia la casa desde las Mesitas, con la escopeta al hombro y su cutacha al cinto. Cuando llegó al cruce del camino de Jinotega – La Cal, él divisó en la penumbra de la noche que alguien venía de Jinotega e iba hacía la Cal. Como no había luna llena le era difícil distinguir quien era, pero podía distinguir por el caminado y la silueta que se trataba de una mujer alta y de pelo largo que llevaba un gran fardo sobre la cabeza. Juan Centeno aligeró el paso para alcanzar a la persona, porque de seguro era alguna conocida, ya que a esa hora de la noche y sobre ese camino, solo podía ser alguien que viviese en La Cal. Pero en la medida que él aceleraba o desaceleraba el paso la figura que iba adelante también aceleraba o desaceleraba el paso.

Faltando unos 2 ½ kilómetros para llegar a La Cal, al llegar a un gran palo de anona, el camino se bifurcaba para luego unirse varios metros después. El tramo que giraba hacia la derecha tenía un acantilado a su lado y por el otro extremo (el lado izquierdo) del camino estaba un cerco de piedra que separaba el camino de unos breñales. La figura tomó por la derecha del camino, Juan Centeno tomó por la izquierda. Pero al pasar el palo de anona se percató que la figura que el venía siguiendo ya no se veía camino arriba, sino más bien alcanzó a distinguir un bulto acurrucado al otro lado del palo. Juan Centeno pensó que podía ser su amigo Miguel Mairena, un cuñado de él muy dado a hacerle bromas.

Acercándose un poco a la figura agachada Juan Centeno dijo:
- Quien está ahí? Identifíquese o si no ahí le van las balas a la cuenta de tres .... uno ... dos .... y .....En ese preciso momento la figura que permanecía agachada se incorporó de un salto emitiendo un fuerte gruñido y se abalanzó sobre Juan. Este sorprendido por la acción de la figura trato de cargar la escopeta que todavía traía al hombro agarrada con la mano derecha por la culata, pero la figura se abalanzaba sobre él tratando de arrebatarle la escopeta. Juan, con su mano izquierda libre, sacó su cutacha y comenzó a esgrimirla contra la figura, la cual sin mostrar ningún deseo de retroceder seguía lanzando manotazos a Juan.

Mientras Juan trataba de esquivar los ataques de la figura, alcanzó a ver que era alguien o algo mucho más alto que él, con gran fuerza en los brazos, tenía la cara y las orejas de macho y el cuerpo cubierto como de tuzas de olote trenzado y emitía gruñidos guturales. Era una especie de animal que él nunca había visto. Juan retrocedía al acoso del animal y se percató que esa cosa trataba de llevarlo al borde del acantilado. El al identificar las intenciones del animal comenzó a rezar, pidiéndole a Dios que lo librara de ese mal trance. Al momento que Juan invocó el nombre de Dios, el animal aminoró su ataque y comenzó a retroceder. Juan aprovechando la aparente debilidad del animal seguía agitando con mayor agresividad su cutacha a diestra y siniestra sin dejar de rezar. El animal seguía retrocediendo y en una parte pedregosa del camino el animal trastabilló lo que le dio oportunidad a Juan de montar la escopeta y accionarla.

El disparo rompió el silencio de la montaña propagándose hacia todos lados. Mi Padre que en ese momento se encontraba cerca de la cocina donde mi madre cocía unos frijoles dijo:
- Esa que sonó ahí, es mi escopeta, que habrá cazado Juan?
Al momento del disparo, el animal emitió un fuerte alarido y relinchó con furia a la vez que salía brincando hacía atrás. De un gran salto se voló el cerco de piedra y se metió al espeso breñal, no muy lejos de ahí como a unas 200 varas en dirección a un potrero, un pájaro cantó de forma siniestra: có có có có có có có có có có có có ..................

Juan enfundó su cutacha y cargó nuevamente la escopeta y comenzó a correr hacia La Cal. Ya en la casa de mi Padre, como a los 20 minutos que se escuchara el disparo, llegó el tío Juan todo agitado, uno de mis hermanos le abrió la puerta y le preguntó:
- Tío, que fue lo cazó?
A lo que él respondió :
- Acabo de tirar una cegua
Al escuchar eso, todos agarramos varas de ocote encendido para alumbrar mejor la estancia y le hicimos rueda al tío Juan para escuchar su asombroso relato. A la mañana siguiente antes de que aclarara el día, todos salimos hacia el lugar de los hechos referidos la noche anterior por el tío Juan.

Al llegar al palo de anona pudimos distinguir claramente en el polvo del suelo, las huellas de los caites de hule que utiliza el tío Juan así como pisadas de bestia de doble pezuña. También pudimos observar en una peñita un par de señas que dejaron los perdigones. Cerca del cerco de piedras, justo en el lugar donde el tío Juan dijo que la cegua se lanzó hacia el breñal, había gran cantidad de pelos blancos como de cabro, así como grandes mechas negras de crin de bestia.

Como el acceso hacia el breñal era difícil, se comenzó a buscar huellas a lo largo del cerco de piedras camino abajo. A unas 200 varas, en dirección a donde había cantado el pájaro la noche anterior, el breñal disminuía para dar paso a un potrero que tenía el pastizal bastante tupido el cual llegaba hasta la rodilla. En el centro del potrero se encontró apisonado gran parte del pastizal y nuevamente gran cantidad de mechones de pelo blanco y crines largas negras. Aparte de eso, no se encontró huellas ni rastros de la bestia por ningún otro lugar.

Meses después de ese suceso, la Rumalda mandó a llamar a mi tío para que llegara a su casa. El le comentó tal petición a mis Padres. Mi Madre quien era su hermana le aconsejaba no ir porque pensaba que lo querían para hacerle algún mal o para matarlo. Mi Padre (su cuñado) pensaba diferente y le aconsejó presentarse, ya que si querían hacerle algún mal ya se lo hubieran hecho y si en el peor de los casos querían matarlo pues la familia no se quedaría con los brazos cruzados. Mi tío se presentó a la cita y tiempo después se reconcilio totalmente con la Rumalda y se fue a vivir a la casa de ella.

El tiempo fue pasando y el asunto de la tirada de la cegüa no se volvió a comentar hasta que un tiempo después, el Dr. Gabriel Cifuentes, quien vivía en la ciudad de Jinotega, le preguntó a una muchacha llamada Ubalda que trabajaba para él lo siguiente:
- Ve, vos chavala, vos que vivís por ahí por La Cal, contame, no sabés si todavía vive la Juana Sobalvarro?
- Si doctor, por qué lo preguntá?
- Es que hace tiempo ella vino aquí para que la atendiera por que tenía un bala metida en la rodilla y no supe al final quien fue quien la baleó.
Ubalda, no le comentó nada al doctor sobre eso, pero ella sabía muy bien de que se trataba ya que ella era mi tía, hermana de Juan Centeno."

Esta historia es verídica, según la narra el Señor Jaime Jesús Centeno Centeno quien fue testigo de este suceso. Los personajes son también reales, por supuesto:

Clemente Centeno Blandón: Hermano de Jerónimo Centeno (Padre de Jaime Jesús) y esposo de Juana Sobalvarro
Juana Sobalvarro : Presunta cegüa, mamá de Rumalda y suegra de Juan Centeno
Juan Centeno Blandón : Hermano de Ubalda y Valeriana del Carmen (Madre de Jaime Jesús), y esposo de Rumalda (hija de Juana Sobalvarro)
Rumalda : Hija de Juana Sobalvarro y esposa de Juan Centeno (tirador de cegua)



(Versión tomada directamente de Waldemar Centeno Díaz, para Martha Isabel Arana - 2005)

martes, agosto 11, 2009

Fin de semana en Las Peñitas



"Una mañana de sábado mi amiga Eva me llamó por teléfono para invitarme a pasar un fin de semana en su casa de las peñitas, yo muy contenta y entusiasmada acepté la invitación sin antes pedir permiso a mi Mamá. Cuando llegó la hora de la partida, mi Madre no me permitió ir a dicho paseo "De fin de semana". Así que ni modo; por más de rogar y suplicar para que me dejaran ir al mar no se me concedieron mis deseos.

Me contó mi amiga Eva que llegaron a su destino tal y como lo habían previsto. Pasaron todo el día del sábado comiendo pescado frito y disfrutando de las olas del mar hasta que llego la noche y cansados todos se fueron retirando a sus habitaciones a descansar.


Al llegar la madrugada, Eva se despertó a causa del calor; sofocada decidió salir un rato al corredor de la casa para tomar un poco de aire fresco. Estando sentada en el corredor, en una silla mecedora disfrutando de la brisa del mar vio que a lo lejos de la costa divisaba una silueta de una mujer la cual su cara le resultaba bastante familiar; la mujer se encontraba sentada en una lancha flotante a las orillas de la costa. Curiosamente decido ir a disipar su duda y camino rumbo a la costa no perdiendo de vista el bulto que se le presentaba cada vez más cerca ante sus ojos. Para su mayor sorpresa cuando llegó por fin hasta la lancha flotante se encontró con que el bulto había desaparecido ante sus propios ojos. Se quedó inmóvil y no podía creer que eso le estuviese pasando a ella, se sacudió y llego a pensar que a lo mejor se trataba de un sueño. Al darse cuenta que no lo era, como pudo se echó a correr y salió despavorida hacia la casa del mar asustada, pálida, sin habla entró a la casa y como pudo les contó a todos lo sucedido. A esa hora incrédulos los muchachos varones salieron a buscar a la costa del mar a la Mujer misteriosa sin encontrar rastro alguno con ningún rasgo que se le pareciera. A la misma vez cuando regresaron de la búsqueda, se encontraron con que Eva estaba hirviendo con temperatura y casi hasta había perdido el habla; ya asustados decidieron regresarse a la Ciudad de León.

"Ahora digo", ¡Menos mal que yo no fui, si no quizás el cuento sería otro!"

Historia escrita por Patricia Salazar y recopilada por Martha Isabel Arana, agosto 11, 2009


martes, agosto 01, 2006

El espanto de la cañada

"Cuando en 1980 me enviaron a alfebetizar a Nueva Segovia, me ubicaron en San Fernando, una finca ganadera que queda en el mismo municipio de San Fernando, Nueva Segovia. Como a tres kilómetros de la finca, vivía una familia a la que tenía que dar clases y eran de noche, ya que por el día el jefe de la familia trabaja en el campo, y a como es todo campesino nicaragüense, pues las clases se tenían que dar cuando el jefe de familia estuviera en casa.
Para llegar a la casa de Don Simón, tenía que tomar una cañada, que me llevaba hasta su casa. El recorrido lo hacía a caballo, que me prestaban de la finca, para poder cumplir con las clases. Cuando comencé a dar las clases de noche, una de las ancianas de la finca me dijo que me cuidara en mi recorrido, ya que en esa cañada asustaban, que si escuchaba voces, no volviera a ver para atrás, ya que si lo hacía, al volver la vista al frente, tendría al espanto sobre mi cara.

Varias veces, escuché que me silbaban o escuchaba como si me llamaran, pero nunca le tomé importancia, ya que el humor de los campesinos nicaragüenses, es muy peculiar en ese sentido, les gusta asustar. En realidad tomé lo que me dijo la anciana como un cuento más de camino. Don Simón, me decía, al tomar la cañada de regreso como a las 8 de la noche, que me pusiera la cotona al revés, para burlar los espantos. Tampoco nunca le hice caso, ya que tomaba eso como cuentos de camino, ya que venía de la ciudad y no creía en eso.

Un día me quedé más de lo debido en casa de Don Simón, ya que la conversación con él y su hermano estaba muy amena. Cuando me di cuenta eran las 11 de la noche, así que decidí tomar camino hacia la finca. Cuando monté en el caballo, Don simón me volvió a decir, que me pusiera la cotona al revés, y no le hice caso. Tomé camino hacia la finca. Como a un kilómetro de la casa de Don Simón, el caballo se paró en seco y no quería avanzar, hice varios intentos de quererlo hacer avanzar y fue imposible. Me recordé lo que me había dicho el señor Simón, de ponerme la cotona al revés, lo hice y le solté las riendas al caballo, que acto seguido salió a todo galope. Me aferré a la albarda lo más fuerte posible, yo pensé que el caballo se me había encapotado( así dicen los campesinos, cuando un caballo no quiere dejar de correr), esta vez si escuché las voces cerca de mí, me llamaban con mi nombre, me decían 'Heyy miraaá, Fernandooooooo' Escuché silbidos, hasta sentí que alguien me seguía, llegué a la finca, desmonté el caballo, me fui al albergue que nos habían dado, que era una cabaña, donde se guardaban las herramientas, albardas, y utensilios de la finca. Dejé el caballo, entré a la cabaña, miré mi cena que estaba servida como siempre, y mis otros dos compañeros, pues dormidos. Cuando acerqué el candil, para comer, no sé que me dio y volteé a ver mi cotona. Mi susto fue grande al ver que la cotona que me había puesto al revés, estaba normal. Tenía 13 años de edad, me dieron escalofríos, dejé la cena y me metí en mi hamaca, hasta el día siguiente.

Le comenté a Don Pedro que era el mandador, y la respuesta fue '
no jodás, no sos el primero.'"


(Versión tomada directamente de Fernando Emilio Sandoval Baca y recogida por Martha Isabel Arana)
Foto: Chontales: www.intur.gob.ni