domingo, julio 11, 2010

Recuerdos


Escribo sin prisa
cuando pienso en vos
contando palabras
tentando los versos
como si invocarte
me llenara de infinito
del silencio suave
que duerme en las letras
y de la risa fresca
que habita en tus besos.

Escribo con prisa
cuando pienso en vos
como presintiendo
que el tiempo se apaga
que fluyan las ganas
como hojas al viento
que brillen, que canten
y formen incendios
deseando en silencio
la noche que embriaga.

Escribo la vida
Cuando pienso en vos
violento aguacero
de aguas tranquilas
que guarda celoso
etapas vividas de
estrofas que esconden
en su fuero candente
la lava que arde
en tus mansas pupilas.

Martha Isabel Arana – Abril, 2010

Apuntes sobre Nagarote: La lluvia de Remaches

Por Luis José Castro Jerez

Corría el mes de septiembre del año 1961. Recuerdo que al mediodía de un lunes cuando nos disponíamos a comer para prepararnos a regresar a clases a las dos de la tarde, ya que en esa época los escolares recibíamos clases por las mañanas y las tardes, la paz del pueblo se vio interrumpida por un sinnúmero de vecinos que corrían hacia una casa ubicada al frente del Parque El Genízaro enclavado en el centro del pueblo, donde se estaba desarrollando una acción misteriosa y, hasta entonces, desconocida por los habitantes, considerada hoy como un fenómeno inexplicable que cabría dentro de los límites de lo sobrenatural. Una lluvia de remaches o pequeños tornillos caía intermitentemente sobre el tejado de la casa de una familia de bien dedicada al comercio al detalle.

¿Era un avión el causante de este fenómeno o era el resultado de algo sobrenatural?. Lo cierto es que los pequeños remaches caían por montones en oleadas consecutivas con intervalos de dos a tres minutos. Todos los vecinos que se habían congregado a presenciar tan inusual espectáculo elevaban su vista al cielo escrutando el infinito sólo para descubrir que provenían de las alturas cual enjambres de abejas para caer sobre el tejado. Los dueños de la casa eran consolados por personas amigas que con santo temor y temblor se encontraban desconcertadas por lo que estaba sucediendo. Almas caritativas entonaban oraciones y plegarias al Altísimo rogando clemencia ante tan inexplicable e inusual fenómeno que parecía presagiar el final del mundo para todos los presentes. Recuerdo que un vecino del lugar, zapatero de oficio, recogió una gran cantidad de remaches para guardarlos según él, como testimonio fehaciente de tan raro fenómeno.
En virtud de que el párroco asignado al pueblo se encontraba de viaje en otra ciudad, mi tía Ninfa, gran devota de la Virgen María y del Sagrado Corazón de Jesús, se presentó al lugar con velas y un frasco de agua bendita que roció por los diferentes lugares de la casa a fin de ahuyentar al Maligno….. A la una y media de la tarde la lluvia de remaches comenzó a aminorar hasta extinguirse por completo devolviendo la tranquilidad a toda la comunidad que presenció tan funesto hecho…..

Versiones corrieron a lo largo de los días sobre el origen del inusual fenómeno… Lo cierto es que, con todas las oraciones y los actos de penitencia que con el paso del tiempo se efectuaron en todo el vecindario, la paz y la tranquilidad volvieron a nuestro querido Nagarote, cuyos habitantes interpretamos este fenómeno como un llamado celestial a ser más espirituales y apartarnos de los vicios. A pesar de mis cortos diez años de edad creí interpretar de esta manera el sentir de nuestros habitantes.

(Apuntes del Sr. Luis José Castro Jerez recopilados por Martha Isabel Arana/ 23 de enero, 2010)

Yo nací donde nace el río

Escrito por Alba Miriam Sanchez Cuadra

Yo nací donde nace el río, donde hay una cuesta, donde nace el frío.
Nací en medio de todo y en medio de la nada, donde había montones de árboles de jocotes, de limones y de naranjas agrias; de chilincocos y de guapinoles; en medio de flores de piñuelas, de las que ocupaban para hacer atole.

Nací con las flores que daba el narciso y con el atardecer de colores vivos, donde el verde llenaba veredas y las milpas teñían colores. Donde todo era montaña y salían pocoyos a cantarle a la noche; donde el silbido agudo de aquellas lechuzas provocaba temores y el canto de los güises avisaba que hoy llegaría alguien.
Nací allá perdida en el medio de la bruma, de aquella quebrada de aguas cristalinas, con el sabor a mango y a la miel de guanábana, con el frescor de la ceiba y el árbol del pochote.

Dicen que yo nací, en el valle aquel que se llama El Zapote, en donde el pintor con su lienzo atrapa la estampa del cielo, donde vive el verso, donde las luciérnagas alumbran la noche y donde las chicharras rendidas de ensueños, afinan su música, en aquellos campos de sol y de mieles.

Que tiene leyenda y que huele a ocote, que hay cafetales y tierra de colores, donde predomina la humildad de sus gentes, donde hay sencillez y mucha nobleza, donde vive el hombre sintiendo en sus venas, que corre su sangre, que su alma está llena de las bendiciones que su Dios le manda, por esas cosechas de maíz y frijoles, por los chayotes y por los pipianes, por los matasanos que son de las frutas mi mas consentida, por esas ofrendas que la tierra da, por la miel de palo y el maracuyá.

Dicen que nací una noche de enero, que hacia fiesta la luna en el cielo y que desde que abrí los ojos al mundo, le canté a un lucero. Que hice mil coplas con mi desespero…Que hubo silencio. silencio y nervios.
Nací en Somoto, Madriz es mi cuna.
Mi tierra y yo somos dos en una.

Alba Miriam Sanchez Cuadra está en vías de publicar su primer libro y poemario “YO NACI DONDE NACE EL RIO ” poemas, vivencias y reflexiones, con un contenido ameno, hermoso, espiritual y de muchas vivencias que dejan una sublime enseñanza hacia la vida, sus conceptos y el amor.

domingo, julio 04, 2010

Proyectos solidarios en Nicaragua - Manica (Málaga - Nicaragua)


Queremos compartir contigo un pequeño proyecto solidario en esta Navidad - 2010

"Somos un grupo de amigas que amamos Nicaragua y en nuestras visitas queremos hacer siempre un gesto solidario. Años anteriores hemos llevado materiales escolares, medicinas, mochilas con todo lo necesario para ir al colegio, etc. Y este año como coincide nuestro viaje en Navidad, queremos hacer este proyecto..."


Para más información acerca de este proyecto
por comuníquese a:

yelbagodoy@yahoo.com
krmla_66@hotmail.com 
 

jueves, julio 01, 2010

La ensalada de frutas frente al Cine Salinas

Escrito por el Dr. Juan Espinoza Cuadra

México

Mayo de MMX

En el barrio Riguero hay un punto de referencia: la refresquería frente al antiguo Cine Salinas, donde venden la más rica ensalada de frutas de Managua. Recuerdo que mi padre nos llevaba a mis hermanos mayores y a mi madre a este cine y luego del placer de haber disfrutado la película, esperábamos la invitación paterna de ir a degustar un sabroso vaso de ensalada de frutas. Fuera del cine se apostaba una suerte de vendedores ambulantes ofreciendo algodón de azúcar, con su característico color rosa; los “hot-dogs” cuya preparación culminaba con una ensalada de repollo cocido sabor vinagre que destacaba sobre la mostaza, la mayonesa y el kétchup. Las bolsas de jocotes con sal, las de mango verde aderezadas con una solución de vinagre con chile. Las marchantas con sus viandas repletas de las golosinas de la época y los infaltables cigarrillos al detalle. Además, los vendedores ambulantes provenientes de Masaya y Granada con sus deliciosas cajetas de coco en colores rosa y café. Las luces de la marquesina, los claxon de los automóviles, el bullicio, las personas saliendo y entrando del cine o los que solamente se acercaban a aquel pequeño mercado para adquirir algún manjar, son los recuerdos de mi infancia en las tardes-noches calurosas de día domingo.
El terremoto de 1972 acabó con una de estas facetas. Y para mí, el barrio Riguero siguió siendo un territorio inexplorado. Y así se quedó. Mis incursiones lejos de la casa de mi madre fueron muy pocas. Tuvo que ver mi cortedad y la vigilancia constante de Bertha Cuadra. Mi siguiente domicilio fue relativamente cerca: Altamira D’Este, la casa de la hermana mayor de mi madre. La angustia y tristeza por la muerte de mi madre y la inestabilidad política de esos años no procuraron ni una visita esporádica al establecimiento cercano al otrora Cine Salinas. Los años posteriores al terremoto se sucedieron entre la casa de mi abuela paterna en la colonia Máximo Jerez, la ciudad de Diriamba y la casa de Altamira D’Este. Luego de la insurrección de 1979 y consecuentemente del asesinato de mi padre y yo con más años, con menos vigilancia, los recuerdos de la ensalada de frutas, fueron suficientes motivos para invitarme a incursionar las cercanías del antiguo Cine Salinas en busca de un vaso saturado de hielo y cuyo contenido buscaba aproximar el sabor de la ensalada de frutas de mi infancia.

El lugar no había cambiado mucho. El trato seguía siendo amable y cordial por parte de los prestadores del servicio. Logréreconocer a una señora, para ese momento, ya de edad avanzada y que en mi niñez se dirigió con mucho cariño hacia mí. La saludé con la seguridad que no me reconocería. Tomé asiento en una de las butacas de madera y aguarde. En un vaso de vidrio, sencillo, dadas las precarias condiciones económicas en las que el régimen frentesandinista había sumido a la población, tuve frente lo tantamente anhelado: mi vaso de ensalada de frutas con un popote y una cuchara plástica.

Con el primer sorbo se vino una cascada de recuerdos donde navegaron los rostros de mi padre, de mi madre, de mis hermanos. Percibílos aromas de las tardes soleadas de los domingos de mi niñez. Distinguílos rostros desconocidos de las familias que acudían al esparcimiento al igual que nosotros. Aprecié el llanto de los niños agobiados por el calor dentro de las instalaciones del Cine Salinas, a pesar de los grandes ventiladores a máxima revoluciones. Abrí mis ojos y tomé en mi mano derecha la cuchara de plástico y la hundí en el agua color durazno en busca de los trozos de piña, de papaya, de plátano. En silencio, mastique el recuerdo en mi presente. Me percaté de la ausencia de mis otrora acompañantes. No quise seguir pensando y preste mi atención a disfrutar los sabores. Cuando el vaso estuvo vacío coloque el popote y la cuchara de plástico en su interior. Lo tomé y me dirigí hacia la anciana y lo extendí hacia sus manos. Ella no miro el vaso y si mis ojos. Pregunte lo que le debía. Pagué y la vi nuevamente a los ojos. Las gracias que le prodigue aquella tarde son como un vuelo de gaviotas: una algarabía de pasado en una maraña que aún se desenreda por estos días.

Blog de poemas de Juan Espinoza Cuadra:
http://poemasdejuanespinozacuadra.blogspot.com/
Blog de opinión de Juan Espinoza Cuadra:
http://enopiniondejuanespinozacuadra.blogspot.com/
(Recuerdos del Dr. Juan Espinoza Cuadra recopilados por Martha Isabel Arana el 8 de mayo de 2010)

domingo, junio 27, 2010

El Cristo de la Misericordia



El Cristo de la Misericordia en la Bahía de San Juan del Sur es una obra diseñada y creada por el artista costarricense Max Ulloa por encargo del empresario nicaragüense Erwin González Bendaña, quien es fiel devoto del Cristo de la Misericordia y siempre soñó con desarrollar un gran proyecto para rendir tributo al santo de su fe.


 La imagen presenta a un Cristo resucitado que trae la paz a la Humanidad por medio del perdón de los pecados. La mano derecha de Jesús recuerda que Él está esperando para bendecir, perdonar y restaurar a las almas arrepentidas. La mano izquierda llama la atención sobre la incredulidad del apóstol Tomás.


Información tomada de LaNación




Fotos cortesía de María Auxiliadora León Báez



sábado, junio 26, 2010

Nagarote: apuntes sobre un municipio azul

Por Luis José Castro Jerez

Dicen que Nagarote nació del romance entre el Genízaro y el Xolotlán durante una noche estrellada…. Otros dicen que Nagarote es el resultado de una noche de amor entre el Genízaro y la Luna allá en las playas de Miramar… Bueno, como quiera que sea, los nagaroteños somos descendientes directos del Genízaro y hermanos de las estrellas y del agua, ya sea que provenga ésta de un mar de agua dulce o de un mar de agua salada… Quizás por eso será que a los nagaroteños nos gusta viajar y cruzar océanos y lanzar siempre flechas a la Luna sin temor al fracaso. Como quiera que sea, apuntamos bien alto, hacia el cielo o a la Luna, nuestra madre…. Si fallamos el tiro, no importa: igual, aterrizamos sobre las estrellas, nuestras hermanas. Y, como hijos del histórico Genízaro, echamos profundas raíces en nuestro suelo natal y, no importa el lugar o país donde nos encontremos, el amor a nuestro Nagarote se mantiene siempre vivo en nuestros corazones a pesar del paso del tiempo.

En 1899 Nagarote tuvo tres sacerdotes: Julio Escoto Vargas, José Antonio Zúñiga y Jesús María Lara. Al Padre Lara le tocó darle la bienvenida al nuevo siglo. Mientras en el año 1900 el mundo contemplaba admirado la prueba del Zeppelín, París se regocijaba con su primera línea del metro, la guerra de los bóxers estallaba en China, Nietzche moría en Alemania el 25 de agosto y Freud publicaba en Viena “La Interpretación de los Sueños”, Nagarote despuntaba al siglo XX como un pueblo polvoriento, azotado continuamente por las inundaciones provocadas por los severos inviernos y sus pobladores sufrían el embate de las enfermedades gastrointestinales, la tuberculosis y el paludismo.

Si intentamos visualizar a Nagarote a inicios del siglo pasado nos daríamos cuenta de que el pueblo de entonces era muy diferente al que podemos observar en la actualidad. Las calles eran extremadamente arenosas y llenas de muchos hoyos producto del estancamiento de las aguas de desecho que vertían los vecinos la mayoría de las veces sin ningún tipo de control. Las fuertes corrientes producto de las lluvias contribuían al deterioro permanente de las mismas. Los peatones tenían que estar siempre muy pendientes de ir esquivando los baches del terreno y evitar los charcos y los atolladeros de lodo. Tengamos presente que las calles de nuestro amado pueblo recibían diariamente los productos de desecho natural de los animales (cerdos, caballos, burros, bueyes, vacas, perros, gallinas, etc.) que circulaban libremente sobre ellas, además de los desechos de las aguas de lavado que eran regadas a diario por los vecinos del pueblo.

En noviembre de 1900 se inició la construcción del tramo ferrocarrilero entre Managua y León; la cual culminó el 26 de junio de 1902. Las ventajas que trajo la construcción del ferrocarril para Nagarote fueron: el empleo de mano de obra local, el inicio del negocio de los cortes de leña y el comercio de durmientes para el tendido de los rieles y la reparación de las vías y como combustible para el tren; al mismo tiempo, una agilización modesta del comercio local en general. Sin embargo, la llegada del mismo trajo como consecuencia la deforestación a la cual fueron sometidos los bosques circundantes de nuestro pueblo y la desaparición de quebradas y vertientes que abundaban en Nagarote; entre ellas, la histórica quebrada o “riíto” que corría a la sombra del colosal Genízaro, y la cual había servido durante siglos como fuente de abastecimiento de agua a los vecinos del lugar. Podríamos decir entonces que así como el año 1901 trajo para los ingleses el final de la Era Victoriana con la muerte de la Reina Victoria; la llegada del ferrocarril a Nagarote trajo consigo el primer atentado a la riqueza ecológica de nuestro pueblo y el final de la primera Era Azul del Municipio.
(continuará…)

(Apuntes del Sr. Luis José Castro Jerez recopilados por Martha Isabel Arana el 1ro de febrero de 2010)

La boca del infierno

Cuento escrito por Rosario Lynch

Francisco del Pino y Sarmiento, vernáculo de la vieja Madre Patria ya había atestiguado al Fraile Blas del Castillo, intentar el descenso al cráter del Volcán Santiago.

Sin poseer la bendición de los reyes ni ser represente del feudo, había llegado a estas fértiles tierras movido por su intención de convertirse en bucanero de las fragatas que poblaban los mares del Atlántico. Pero al llegar al nuevo mundo, a como muchos que en 1539 se aventuraban a navegar hasta este lejano mundo, sorteando la piratería, decidían permanecer en tierra firme, atraídos por las riquezas aquí ocultas y sus mujeres bellas. Lo último en particular le había subyugado, habían sido las indígenas, esculpidas, -a como lo describía en sus cartas- en cobre y ámbar auténticos. De ojos oblicuos y mirar escurridizos, de rizos como las noches oscuras sin lunas de las praderas centrales, impregnadas por las cenizas sulfurosas del volcán. Damas autenticas- decía- con sonrisas ingenuas y sangre febril, como lo que se encubre en la boca colosal de este Volcán Santiago misterioso. Sagaces ellas como los humos que tintan los cielos azul intenso de los días dorados. Pero subrepticias y enigmáticas ante los ojos ajenos. Por eso sabía que mantener la unidad de un grupo selecto para exportar a la patria grande, que le ganase puntos a su favor al congraciarse con su majestad, la Reina, le costaría mucho sudor y penas.

Francisco se movía cómodamente en los círculos del protectorado, sabía bien refugiarse en las sombras de los que llevaban en sus manos el poder, esos mismos que se dividían a manos llenas las riquezas que lograban al canjear piedras y metales preciosos con los indígenas, por espejos y otras bagatelas. No obstante, la agenda visionaria de Francisco iba más allá de los superfluos trueques, el alcance de su visión no se limitaba a la media hispana de conquistar territorios, de esos extensos que se estrechaban hasta los confines en ambas direcciones de norte a sur. Su interés, aparte de las enigmáticas mujeres de estas tierras que lo habían sabido captivar profundamente, era el oro. Con este último, construiría castillos en las cimas aledañas a ese volcán de riquezas inconmensurables y en los altiplanos españoles, su tierra de origen. Rellenaría sus castillos con su harén de beldades aborígenes llevadas de estas tierras. Pero antes debía de conquistar ese metal que le afloraba su avaricia al solo imaginarlo en toneladas, conquistando ese pozo inagotable a disposición de los osados, como él.

De acuerdo a la creencia, el mismo averno harto de tanta abundancia, lo almacenaba allí para que los valientes aventureros lo adquiriesen al descender hasta sus fauces abiertas. Francisco sabía que la misión no era del todo fácil, ni delegable a los aborígenes, ignorantes del valor de la fortuna escondida en el cráter. Le correspondía a él solamente, bajar hasta las entrañas de la tierra para extraer ese oro liquido y atesorarlo en un lugar seguro antes de transportarlo a su tierra de origen. Para entonces ya sería el hombre más acaudalado del planeta, a lo que debía de añadir la suerte de contar con abundante mano de obra gratuita en este país nuevo, de feudatarios y cortesanos. Con ellos, empezaría de inmediato con ese proyecto que conllevaría una fase media de preparación, ejecutando las destrezas que él no poseía, como el entreteje de las fibras de la cabuya para las cuerdas, el trabajo con el cuero para hacer las correas que sostendrían el cesto que usaría como ascensor, fuerte como el usado por el Fraile Blas, elaborado con fibra de junco, palmeras y cañas flexibles y las cuerdas, gruesas como las usadas en los navíos para atarlos al puerto. Y mientras un centenar de esclavos empezaba con los preparativos para la construcción del primer palacio, en la cúspide de la loma del Coyotepe, a una distancia prudente y estratégica del volcán, otros daban inicio inmediato con las obras para el descenso al cráter. Su idea era construir un sistema de terrazas para bajar hasta media distancia, mientras a ese nivel se construiría un terraplén. Aquí, se sembrarían varios postes con argollas y arandelas para hacer correr por allí a las fuertes correas de donde se sujetarían las cuerdas para bajar el cesto del ascensor, despacio y controladamente. Desde aquí, él dirigiría la obra, dando las órdenes de bajar, subir o frenar, a sus traductores y estos a los vasallos responsables de sujetar la cuerda. Visto de esa manera parecía un procedimiento sencillo. No así en la realidad. La distancia desde donde se construiría la terraza, debía hacerse en base a cálculos, ante la inexistencia de información sobre la profundidad a la que debía de descender. En segundo lugar estaba el problema de lo escabroso del terreno, formado especialmente de rocas volcánicas. Eso tendría efecto en la tardanza de las excavaciones para asegurar los postes, pero aumentando el número de siervos y de latigazos, podría hacerlos trabajar con rapidez evitando así, retrasos innecesarios.

Día a día, de sol a sol, supervisó el trabajo de los hombres encadenados; el sol tostando sus torsos hasta volverlos brillosos, los viejos esclavos se volvieron más viejos, y los jóvenes perdieron su vigor, hasta que un día, todo estuvo listo para la prueba.

Francisco del Pino y Sarmiento, estaba a los umbrales de lograr su objetivo máximo, sus ojos brillaron ante la sola idea de sumergir sus manos limpias en ese oro refulgente, cubrirse de él y lanzar los brazos al cielo en señal del poder que con ese obtendría. Volvió a repasar con sus vasallos cada detalle sobre su bajada y se acomodó en el cesto que lo llevaría a la eternización de sus realizaciones, a como nadie más en la historia. Lento y seguro empezó a descender, mientras los siervos, sudorosos, de ojos profundos, mostrando en sus espaldas las marcas de su labor forzada, sujetaban la cuerda con sus manos encallecidas.
Unas rocas porosas se desmoronaron de las faldas. El descenso continuó, sin interrupciones, mientras el cesto se alejaba, volviéndose minúsculo a la vista, las arandelas siguieron rodando, los siervos sujetando la cuerda y la emoción de Francisco al acercarse al inmenso tesoro, aumentando.

Francisco del Pino y Sarmiento se secó el sudor, la temperatura se volvía virulenta. De pronto la ebullición de los líquidos rojos, produjo un borbotón claro ahora a su vista haciéndole dar un vuelco a su corazón, volvió a secarse el sudor, decidido a no echar pie atrás. Vio hacia arriba y divisó el terraplén y a los siervos aun mas minúsculos, sabía que habría bajado tres cuartos y que pronto se podría lavar sus manos en el oro liquido que esperaba por él. De pronto, otro borbotón del que se desprendieron al rojo vivo y más claro aun, una sucesión de llamaradas columpiándose a los gases sulfurosos que lo hicieron carraspear sofocándole la respiración. Fue hasta entonces que cayó en la cuenta del error, de la inminencia críticamente peligrosa a la que lo había llevado su avaricia desmedida. Levantó su mirada y vio solo la imagen borrosa de donde provenía la cuerda y la critica distancia de su cesto con ese infierno, calcinándole las carnes y haciéndole transpirar hasta del último poro de su cuerpo. Entonces decidió dar la orden inmediata de subir. Tiró dos veces de la cuerda, pero el efecto, dada la distancia a que se encontraba parecía ser nulo. Volvió a tirar, sacudiendo la cuerda tensa con todo su vigor, haciendo balancear el cesto, no obstante, continuaba el descenso. Desesperado gritó a viva voz una y otra vez, escuchando su propio eco rebotar en las paredes de la sección final en forma de embudo del cráter, a donde había penetrado hacia su descenso final. Su rostro encendido, sus ojos escarlatas como el fondo que le esperaba a escasos metros, continuó gritando sin tregua, olvidando su audacia, su valentía y la avaricia que le había motivado a embarcarse en esa aventura, en busca del poder y la fortuna.

Arriba, los siervos continuaron bajando los últimos metros de la cuerda que quedaban todavía, hasta que llegó a su fin. Entonces ataron el final firmemente al tronco del poste y esperaron el resto de la noche, en espera de la orden de subir.

Al llegar el alba, sin todavía recibir ninguna señal, los siervos empezaron a murmurar, hasta que el más viejo de todos se puso de pie y les hizo señal al resto.

- ¡Hemos vuelto a ser hombres libres! –Dijo, procediendo a romper las cadenas que les ataban con los picos.

Rosario Lynch, es también autora del libro Más allá del Horizonte: Cony Dupont.
Cuento enviado por su autora a Nicaragua de mis Recuerdos el 28 de abril de 2010.