miércoles, mayo 01, 2013

A doña Lillian, en este mes de las Madres.

Escribo y las palabras fluyen espontáneas de la nada.  Pareciera que esta pantalla que hasta hace un rato se vestía de blanco, ha decidido abrirse cariñosa como un par de brazos para que yo, hoy que extraño, pueda vaciar mi alma.   Instantes que se añoran y personas que se guardan para siempre en el corazón me visitaron en este día primero de mayo. En el mes preciso, en el momento más inesperado, llenando mis vacíos con recuerdos melancólicos y cálidos que soplaron cariñosos otras épocas de mi vida.

Mi querida *china.  Hoy ya no está conmigo, pero estas palabras las grito, escribiendo al infinito con la esperanza que me escuche como un susurro en su eternidad.  Siento su presencia en los días de dudas y las mañanas nubladas.   Como aquellas tardes de mis primeros años escolares cuando llegaba corriendo, buscándola y me refugiaba en su regazo.   Esos días que lloraba porque algún párvulo se había comido otra de mis calcomanías o algún maestro me había dado un reglazo por tener mala ortografía.   Me reconfortaba tanto sus brazos cariñosos, su delantal oloroso a comida de mediodía y sus rizos negros que comenzaban entonces a teñirse de blanco.  Su voz dulce cuando me cantaba Cabellito Rubio y demás villancicos y sones de pascua nicaragüenses eran ungüento para el alma.  Disfrutaba tanto jugar con su pelo, mojárselo, peinárselo, insistir en arrancarle las canas, una a una.  Y ella, callada, dejándose hacer hasta que la veía quedarse dormida.  Cansada seguro por la faena del día.  

Mi querida doña Lillian.  No me acuerdo nunca que en mi casa la llamáramos Lillian a secas, supongo que por respeto.   Ella que fue como mi madre, yo que fui como su hija.  Sin ser parientes, las dos nos quisimos con el alma.  




Es que con usted doña Lillian, aprendí a examinar temas, a escuchar con atención y silencio los cuentos de la vida.   A no discutir personas, sino momentos.  A no criticar a nadie, sino entender con respeto.  En su manera sencilla, sin brillo de medallas ni títulos universitarios, cada relato que me narraba traía consigo una enseñanza a tuto.  Jamás nada perturbador, ninguna crítica a nadie, ningún reproche a la sociedad.  Me contaba mil y una historias despues del almuerzo que llenaban mi mente de fantasía e ideas.  Palabras buenas y planteamientos sanos, llenos de imágenes e ilustraciones como el mejor cuento de hadas.  Era usted mi biblioteca de pequeñas fábulas, de dichos, de leyendas en aquella Nicaragua que le daba poca importancia a la literatura infantil.   

¿Se acuerda? De cada departamento me detallaba alguna historia.   Allá en Rivas se me apareció el Cadejo el día que murió mi abuela, me contaba.   En León, una señora escuchó una voz misteriosa desde la tenebrosidad del fondo de su casa y se asustó tanto que no pudo caminar ni al zaguán porque los pies se le hincharon como planchas de acero.   Una señora de Masaya me platicó que solo gritando malas palabras pudo alejar a los espíritus de su casa.  Aquellos que tenían caras de duendes.   Que allá en Chinandega aparece un muerto colgado de un árbol las noches de luna llena.  En Semana Santa a lo mejor y vemos pasar al Judío Errante, tenemos que estar pendientes.   Los viernes santos hay que respetarlos.  No corrás, qué Jesús está en el suelo.   Hagamos cruces de palmitas por si se nos viene una rayería.  Está lloviendo con sol, está pariendo una venada, se están casando las viudas, están pagando los culpables.   ¡Corré...vamos, ayudame a descolgar la ropa, porque en un ratito va a llover!  ¡Qué bonitas tardes tuve yo a su lado, en la serenidad de mi casa, en la inquietud de mi mente!


Pasamos juntas noches de tragedia, dolor de terremoto, terror de guerra, bombas de muerte, escasez, hambre, enfermedades, frustración, incertidumbre. Sin embargo, son los buenos momentos a su lado los que enriquecieron mi vida.  Las anécdotas, las tardes de sol batiendo aquella masa de azúcar, mantequilla y huevo mientras mirábamos la televisión, soñando con el olor a pastel y empanadas que vendría despues.  ¿Se acuerda cuando viajamos a Guatemala por tierra y su maleta salió volando en la carretera? ¿Y cómo olvidar aquella noche de la culebra? ¿Y aquella otra vez que...? Detalles y complicidades que solo usted y yo sabemos.  Historias que solo nosotras entendemos.   


Sin ser su hija, sin ser usted mi madre, la quise como tal, aunque ya no esté conmigo.  Descanse en la paz del infinito. ¡Feliz Día de las Madres, mi viejita linda!  



Martha Isabel Arana
Los Angeles, CA
1ro de mayo, 2013.*China:  Vocablo nicaragüense que significa niñera.
Imagen tomada de Museos y Pinturas, Juan Carlos Boveri


                                            Otras historias 

lunes, abril 22, 2013

Tigrecaribe


Escrito por Marlon Vargas A.

Basado en el relato ofrecido por el Sr. Francisco López quien asegura haber escuchado a su padre, Don José Félix López Bendaña (q.e.p.d) contar ésta y otras historias transmitidas por su progenitor, Don Florencio López Cienfuegos. 

La tradición oral nicaragüense y, por consiguiente, la chontaleña raya entre lo inverosímil y lo insólito. Muchas de las leyendas de nuestra región giran en torno a seres misteriosos que yerran por veredas y cañadas como “almas en pena” procurando encontrar algún trasnochado transeúnte para jugarle las peores y más inauditas travesuras

Cuando nuestros campos son cubiertos sin contemplaciones por las tinieblas de la noche, muchos entes inician sus correrías convertidos en cadejos, micos, chanchas o coyotes. Fernando Buitrago Morales agrupa estas rarezas mitológicas en la “fauna intangible” de Nicaragua (1964).  La conversión de personas a animales es conocida como licantropía y es definida como la  “superstición de que hay hombres y mujeres que se transforman en animales”.  El escritor nicaragüense Francisco Pérez Estrada en su obra Ensayos Nicaragüenses (1990) hace referencia a este fenómeno cuyo estudio debe entenderse desde un enfoque antropológico y social.

En ese extraño mundo hace su presentación el tigrecaribe, un félido que tiene como hábitat las espesas selvas de los imponentes Musún, el Saslaya y sus áreas circundantes.

Basado en las narraciones del boaqueño Buitrago Morales, el tigrecaribe es “una mezcla demoníaca de espíritu y bestia” convertido en un “vehículo animado” donde el gigante Suquia dispone el alma de alguna persona que le ha servido para hacerlo transitar nuevamente por el mundo de los vivos donde busca venganza para sus enemigos.  

En Chontales poco o nada se sabe de este “gato caribuno”. Pero su presencia asoma en relatos casi perdidos en el trajinar de los siglos y olvidados por la partida de sus relatores. 

                                                         

En las espesas montañas del Amerrique de antaño, habitaba una tribu indígena jefeada por el indio Casildo. Muchos sabían de su existencia y sus dotes para predecir acontecimientos que afectarían a sus súbditos.

Cada mayo, antes de las primeras lluvias de los copiosos inviernos de antes, el indio Casildo reunía a su pueblo y los conducía hasta la poza El Capulín, ubicada muy cerca del nacimiento de la quebrada de Carca, justo cuando su cauce da cabida a las frías aguas de la quebrada de Manigua, ambas del municipio de Juigalpa.

Todos los participantes llevaban grandes tinajas que rebosaban de embriagantes bebidas previa y esmeradamente preparadas para la ocasión. Al llegar al lugar indicado, todos se ubicaban alrededor de la profunda poza atentos a una ceremonia desarrollada por el jefe indio. Éste ofrecía un ritual lleno de oraciones e invocaciones  que nadie entendía. Transcurrido unos instantes en los que solamente se escuchaba el correr de las aguas y los sonidos provenientes de las vecinas montañas, emergía de las aguas un espíritu que se dirigía a Casildo para orientarlo sobre las vicisitudes del clima en los días venideros. Las premoniciones dadas servirían para programar las actividades agrícolas de la aldea indígena.  

Concluida la ceremonia, los asistentes se volcaban en una celebración que terminaba hasta agotarse el contenido de las grandes vasijas cargadas con mucho afán por esos inhóspitos entornos.

De forma puntual y devota, esta ceremonia era realizada todos los años, pero la vejez llega a la par del indetenible transitar del tiempo. El indio Casildo fue envejeciendo y al sentir próxima su muerte pidió ser llevado hasta la poza El Capulín. Su orden fue cumplida. Ya en el lugar, dispuso ser dejado en una cueva cercana y mandó a todos a regresar a la aldea. Pero este mandato no fue cumplido a cabalidad.

Algunos hombres se escondieron entre la espesa vegetación decididos a observar el proceder de su jefe. El asombro se apoderó de ellos. Casildo hacía movimientos bruscos  al final de los cuales estaba convertido en un fiero tigre, el tigrecaribe. Luego salió de la cueva y corrió con gran ímpetu hasta perderse en aquellas espesuras.     

Dicen que ahora deambula por las crestas montañosas de Amerrique en busca de algún animal al cual pueda extraerle la sangre necesaria para alimentar su espíritu. Muchas han sido las reses muertas que aparecen sin lengua. Los campesinos aseveran que sirvieron de alimento a este personaje de ribetes misteriosos.   

Juigalpa, Chontales. Feb. 2013. 

Tomado del sitio en sitio en Facebook:  Museo Comunitario Juigalpan
Fotografía:  Kem Vargas, paisaje de cerros y bosque (La Libertad)

jueves, abril 18, 2013

¿Ideay?


Te cuento una anécdota.  Recién venida a este país, una amiga nicaragüense y yo nos íbamos a trabajar todos los días en bus.   De regreso a casa una tarde, el busero se durmió en sus laureles y se pasó nuestra parada. Asunto trágico porque significaba que íbamos a tener que caminar unas cuatro cuadras leonesas de pura choña.  Mi amiga, al ver que el busero no hacía señas de parar, se levanta arrecha de su asiento y pega un grito de frustración y enojo delante de todos los presentes:  ¿IDEAY?????  ¡La cara que hizo el busero gringo!  ¡La cara que hizo toda la gente, tratando de descifrar qué decía la muchacha! Momentos memorables en la vida de un inmigrante. 

"Ideay" es para mí es una de las palabras más lindas de nuestro léxico.   Mis hijos la usan perfectamente, a pesar de no haber visitado Nicaragua más que dos o tres veces en su vida.  Llega entonces a ser para nosotros los  migrantes pinoleros como la bandera que nos distingue en el extranjero, el puente que nos une a nuestras raices, la palabra clave que nos llena de alegría cuando vemos a otro gritando ¿Ideay? en un bus cualquiera de una ruta extranjera cuando éste no se detiene.

Te invito a que leas este artículo muy bueno de Orlando Ortega Reyes, acerca de nuestra singular palabra:
http://ortegareyes.wordpress.com/2010/09/09/ideay-pues/ 




lunes, noviembre 05, 2012

Una mañana campestre en Nicaragua


 Escrito por Kem Vargas

Noviembre se ha establecido temporalmente en el calendario mientras diciembre ya se vislumbra en su inevitable llegada. Los fríos vientos de la temporada hacen que los arboles se balanceen incesantemente. Muchos de ellos se desvisten haciendo caer sus hojas. Pero el madroño prefiere vestirse de blanco para saludar la llegada del verano.

En las mañanas nicaragüenses, los campos son arropados por una fría neblina. La salida del sol se vuelve tardía y sus rayos llenan de colores mágicos todo lo que van tocando.





El fogón ha sido encendido desde tempranas horas en cada rancho o vivienda campesina. Sobre candentes brasas se prepara un aromático café o un espeso “tibio” de pinol blanco que seguramente ayudarán a mitigar un poco el frio matutino. Las tortillas son preparadas con esmero y servidas con un buen trozo de cuajada que ha sido previamente semiahumada en un tapesco que cuelga en el techo de la cocina, propiamente sobre la blanquecina hornilla.

En el pequeño radio que cuelga de un clavo puesto en las tablas que sirven de pared, Pancho Madrigal y Lencho Catarrán relatan cuentos llenos de picardía e ingenio popular. Son historias auténticas. Agapito y Filiberto van y vienen por El Ojochal o El Galope haciendo de las suyas. 




El día empieza en nuestras tierras. El mugir del ganado, el ladrar de los perros y el trinar de los pájaros es una hermosa melodía para quienes cultivan auroras y cosechan esperanzas. Es el momento de arrear las vacas al corral, de limpiar el campo, de cortar la leña, de reparar la cerca y de jalar agua desde la quebrada. Seguramente el Buen Dios se complace con estas escenas propias de Nicaragua porque trabajar es lo mejor que sabe hacer nuestra gente en esta tierra que “está hecha de vigor y de gloria”.

Juigalpa, Chontales. Noviembre, 2012.



Notas e imágenes publicadas en Nicaragua de mis Recuerdos con permiso de su autor.

lunes, octubre 01, 2012

Volver a respirar los mismos aires


Escrito por Esther Mendoza Urbina



En un lugar
donde la luna de plata
me invita con pasión escarlata…
en un lugar donde el sol al nacer
me abre sus brazos de amor...

Donde una jícara de tiste
y una tortilla con queso
me esperan para hacerme sonreír
en ese lugar impregnado de versos
y luz cautivante…  el amor es evidente.

Donde las nubes forman cirros
que hablan de un niño que se acaba de ir
muchacho que crece
y alegre aparece
como el pipe Güegüense
queriéndose divertir…

Esa es mi tierra,
la bendita Nicaragüita
que invade y toca mi alma
en una tierna y alegre canción…

Tierra mía
remolino de vida
mi Nicaragua querida
mi linda niña, mi bella señorita,
pronto tendré la dicha que tanto esperé
de volver a respirar tus aires
para quedarme por siempre a besar tus pies...


lunes, septiembre 10, 2012

Remembranzas de Chontales

Escrito por Marlon Vargas Amador


En cada oportunidad presentada, el poeta y profesor de generaciones Guillermo Rothschuh Tablada se empeña en expresar que Chontales es una cantera llena de motivos artísticos, culturales y tradicionales. El campisto, la ganadería, las montañas, los ríos, las minas, las haciendas y las leyendas son algunos de los tantos temas dispersos en esta tierra que bastarían una puñada de ellos para deleitarnos en la tarea de trazar y describir el frescor y la transparencia de sus formas, colores e historias. Cuanta razón tiene el pregonador de la “Chontaleñidad”.



Octavio Robleto en su laberíntica labor de buscar paisajes nos ofrece suficientes motivos para creer que “Dios está en Chontales, en cada pedazo de su naturaleza” como lo expresara Carlos A. Bravo el autor de la célebre frase “Chontales es bello, donde los ríos son de leche y las piedras cuajadas”. 




No es un alarde de grandeza, esta tierra es un eterno grito de historia y cultura, de naturaleza y tradición. Aquí se puede embriagar con el grato licor del aire de la mañana que trae bandadas de pájaros cuyos vuelos se alzan desde hermosos parajes y soberbias montañas.





Por los caminos y veredas de Chontales transitan campesinos que desparraman sus sueños perfumados con sacuanjoches y heliotropos. Ellos han aprendido a pulir su experiencia, su observación y su minuciosa reflexión para arraigarse y amar a la tierra.



Surcados por inquietos ríos, nuestros verdes campos son el escenario idóneo para deleitarnos observando el arte y arrojo de los campistos descendientes de Catarrán que cabalgan sobre caballitos chontaleños mientras persiguen al “cumbo negro” para llevarlo a la barrera donde muchos montadores y sorteadores lo esperan para batirse en un desafío temerario convertido en tradición. Estos seres legendarios de piel curtida como la corteza del caoba fueron inmortalizados en los versos del poeta Pablo Antonio Cuadra quien amó este rinconcito de Nicaragua con toda su poesía. 



    
Por todo Chontales el viento lleva melodías. El sol alumbra con tanta fuerza que pareciera quemar lo que toca. Durante las oscuras noches se puede soñar contemplando las estrellas mientras los pocoyos dispersan sus cantos agoreros por todos lados. Solo en esta tierra la luna tiene la magia de enamorar y embrujar.
    
En Chontales las haciendas parieron personajes e historias llenas de picardía y sobradas muestras de bravura. Por generaciones se han contado anécdotas  de vacas y lagartos de oro, mujeres que deambulan convertidas en coyotes y hacendados que ofrecían sus almas a cambio de abundantes riquezas. Con la llegada de los tibios atardeceres los ancianos relatan estas leyendas poniendo gran empeño en no dejar dudas de su veracidad.




Durante siglos, el chontaleño ha tallado una idiosincrasia inmersa en cada paisaje y sujeta como “mazate” al lomo de briosos caballos y enfurecidos toros. Probablemente a esto se refería Fidel Coloma en el prólogo de Poemas Chontaleños (1998) cuando afirmó que en Chontales  “la naturaleza y lo humano se consustancia y se abrazan” y subraya una pintoresca realidad donde “hombre, animales y tierra conforman una totalidad, son aspectos de una sola corriente turbulenta de la vida”. Pero nuestra identidad también lleva un poco de la historia, astucia, valentía y quebrantos de los lovigüiscas y amerriques, antiguas poblaciones del aguerrido pueblo chontales. Figúrese que quizás esta peculiar mezcla de circunstancias es la que hace que todo chontaleño se ufane y enorgullezca de sentirse humilde como se empeña en definirse el lingüista Róger Matuz Lazo.  


Muchos han escrito sobre Chontales. Además de los citados anteriormente se suman otros destacados autores como Carlos Cuadra Pasos, Thomas Belt (El naturalista en Nicaragua, 1874) y Juliu Froebel (Siete años de viaje, 1850). En sus obras han grabado una parte del contraste de paisajes y vivencias de esta tierra de “allá adentro” cuya “bandera nueva hasta ahora están tejiendo los poetas”, porque entre la alegre alborada de cada amanecer y la triste muerte de cada día manifestada en taciturnas noches siempre habrá motivos para contar con orgullo de nuestro terruño y su laborioso e indómito pueblo.       

Juigalpa, Chontales. Septiembre 2012.


 Fotografias de Marlon Vargas Amador

Publicado con permiso de su autor el 11 de septiembre de 2012.

viernes, agosto 17, 2012

De los Ortegas buenos

 Escrito por Martha Isabel Arana


De los Ortegas buenos escrito en un principio como blog personal es una metralla de colores, sabores y recuerdos con que el Sr. Orlando Ortega Reyes ilumina mi generación y las futuras que me siguen poniendo en nuestras manos un valioso texto de eventos pasados.  Los que llegamos tarde para conocer la patria de otras décadas y la dejamos demasiado pronto para atesorar detalles y memorias de épocas recientes, tenemos en esta obra un cuadro completo de costumbres de la tierra y la gente que nos vio nacer.

Desconocía antes de leer este libro por ejemplo, de los chivitos de las Gutiérrez de Masatepe, de los chicles de pollito de doña Margarita Centeno de Masaya, las cajetas de coco negra con tamarindo de la Mariana en San Marcos o las cajetas de leche de la Melba Quant.  Me deleité imaginándome el sabor de las lecheburras de doña Mélida que asegura don Orlando eran las mejores de Masaya porque eran hechas con "alma, vida y corazón".  Delicioso debe haber sido el popular vaho de la Chelita o de doña Carmen en Managua, el mondongo en Masatepe de doña Juana Nestor Areas, la "cosa de horno" de la Sra. Tula García o el vigorón de María Luisa Cisneros Lacayo, del Barrio La Islita de Granada.  Me enorgullecí pensando que detrás de cada receta de dulce o comida sencilla pero sabrosa preparada con amor y gusto, hay una mujer nicaragüense que trabaja de sol a sol ingeniándosela para sacar adelante a su familia, construyendo con valentía y fortaleza admirable una base sólida para nuestra sociedad.



Siendo capitalina jamás había escuchado de la tradición de la repartición de la chicha de las siete quebradas como la llamaba el propio Lisímaco Chávez ni del famoso y fatídico cordonazo de San Francisco de 1876. La gama de pintorescos personajes y costumbres descritas en esta obra es tan variada que me hace pensar que si no se menciona en alguna de sus tres secciones (Y mi circunstancia, ¡Oye Managua!, Indio comido), en realidad nunca existió. Desde el malespín hasta el famoso Colevaca, desde la popular manguera de Peyeyeque hasta la Cocoroca, aquella temida mujer que según relata don Mario Fulvio Espinoza un día se retó a un duelo de "tapas" con la Chorro de Humo por idea de Tex Martínez de La Barata.  Citando textualmente lo escrito por el Sr. Anastasio Lovo en el prólogo de esta obra "... por la belleza de su prosa y lo magistral del relato, sitúa la calidad del libro de crónicas y memorias en Nicaragua, en un lugar preeminente.  Este libro se lee con fruición y placer.  He gozado cada frase, cada párrafo."  Efectivamente, más que un libro, De los Ortegas buenos es un mapa completo con nombres de calles, negocios, platos típicos, dulces, dichos, música y personajes que como en sueños lejanos escuchamos a nuestros padres alguna vez mencionar.

Don Orlando es Ortega de los buenos.  Su libro, como reza el dicho, es legítimo de Lanman & Kemp.   Si desea más información, invito a mi lector(a) a que visite su blog  Los hijos de septiembre, cuna de este proyecto maravilloso.