Bueno, habíamos hecho casi todo, tengo que aclarar, porque en los primeros meses del 79, a los chavalos de "La Colonia" nos dio por jugar eternos partidos de kickball. Nada interrumpía nuestros juegos, solo alguna patrulla de la Guardia Nacional que pasaba en nuestra calle de vez en cuando y dejábamos nuestras bases a regañadientes para dejarlos pasar. Los ojos vacíos y sin esperanza de los soldados se cruzaban con los míos, mientras los cascos verde olivo saltaban levemente en sus cabezas de muchachos demasiado jóvenes, al ritmo de sus vehículos militares.
Ni la guardia ni la casa de los fantasmas de la esquina, la del arbolito, habían logrado que desistiéramos de nuestros partidos nocturnos. 1, 2, 3 ... ¡estás out! ¡estás out! Y cambiábamos de posición en un bolero sin fin, bailado al ritmo de las ocasionales balaceras de León, que en aquellas tardes que iban y venían, parecía que era la única melodía de fondo.
Una noche, alguien comentó que estaba apareciendo un platillo volador en el techo de la casa de mi vecino. Un cuento bastante curioso al que no prestamos mucha atención. Unas noches más de juego y otra vez el rumor. El miedo fue escalando y el temor fue tal, que dejamos de jugar kickball por un tiempo. Preferimos pasar nuestros ratos libres en sitios más seguros como el cuarto de algún vecino, cantando Se va el Caimán. Yo estaba aterrorizada. Después de todo, el platillo volador seguramente se había movido y cualquier día estaría sobre mi ventana. No olvidemos, era yo la vecina con grandes posibilidades de ser visitada. No quería salir de mi casa y si salía, no quería volver. Sobre todo porque los chavalos de La Cuchilla, el vecindario contiguo, me aseguraron que por donde ellos vivían andaban escondidos detrás de los matorrales del charco de las ranas, unos hombrecitos enanos y verdes.
Finalmente, una noche, después de tanta espera y angustia, alguien llegó gritando a nuestro grupo... ¡Allá está, allá está el platillo volador, corran a verlo, otra vez, en la casa de los Argüello! Salimos todos apresurados a ver y sí, efectivamente, esferas ovaladas de luz blanca crecían y se contraían a lo lejos. Nos quedamos todos atónitos observando el fenómeno, congelados, quietecitos, extasiados. Alguien corrió a alertar a los dueños de la casa para que se cuidaran que no se los llevaban los marcianos (en aquella época les llamábamos marcianos y no tenían ojos negros ovalados). Pero los extraterrestres no se los llevaron ni a ellos, ni a mí, porque no había tales. Resulta que don Carlos era soldador y en los ratos libres se ponía a trabajar en sus proyectos nocturnos. Por cuenta, las chispas de su equipo se reflejaban de alguna manera en la antena de su casa cuando él encendía la antorcha y ese era el deslumbre que nosotros mirábamos. Por lo menos eso fue lo que yo entendí, que por no ser soldadora ni electricista nunca supe bien el cuento.
Ya nadie volvió a hablar de los marcianos, si eran verdes o
parecían enanos. Desde entonces y a lo largo de los años, jamás me los
volví a encontrar. Ni a ellos, ni a los chavalos de las noches del 79.
Todos nos fuimos para otros mundos.
Escrito por Martha Isabel Arana
Condado de Orange, California
20 de abril del 2012
20 de abril del 2012
