La leyenda de los compadres




Escrito por Alba Miriam Sanchez Cuadra

En las noches de luna de mi pueblo, solíamos sentarnos en el patio alrededor de mi tío Polito, para que nos contara cuentos, las leyendas que nunca faltan en los pueblos con nombres distintos, pero que al final son iguales.

Eramos varias primas, y la esposa de mi tío juntaba unas piedras, buscaba unas ramitas, burusca, le decían, y se ponía a hacer una bebida caliente, ponche. El ponche era para nosotros lo máximo, por que nos calentaba el alma del miedo que sentíamos con lo que nos contaba mi tío.

Nos apretujábamos unas a otras y queriendo sentir la misma emoción, temblábamos de frío, en ese entonces Somoto era de clima frío  por que todavía no lo habían despalado como esta hoy  y su frondosos árboles  se mecían al compás del aire  y este soplaba conjurándose con la leyenda del momento.

!Qué tiempos aquellos! No había en el barrio luz eléctrica, por que el alcalde de turno ponía la luz y adoquinaba la calle hasta la esquina de su casa, de ahi para allá, nada , las calles empedradas y llenas de polvo y una luz mortecina que alumbraba mas la luz de una hoguera o un candiil que ella. .

Con rajitas de ocote, que es la fibra del pino, tambien ayudaba a que la luz no se extinguiera. Nos contaba mi tío la leyenda de los compadres, eran dos amigos que eran padrinos de sus respectivos hijos, eran tan amigos que decidieron que iban a trabajar juntos una parcela de tierra y la cosecha se  la iban a repartir.

Asi trabajaron mucho tiempo, hasta que un día, se fueron de serenata a una comarca cercana, y al calor de los tragos, la música, y la chicha bruja, el aguardiente, todo unido, pensaron en ir a ver su siembra, por que desde hacia tiempo les venían robando sus elotes, su maíz y cuanto cosecharan en su propiedad.

Se llevaron un calabazo de cususa, que es una chicha de maíz fermentado y le agregan aguardiente y con sus machetes que no se los despegaban  subieron al cerro donde trabajan.

Cantando y echándose un trago de cususa que les levantaba el ánimo, iban contándose los planes que tenían sobre la ganancia que iban a obtener de su trabajo.

La noche esaba fria, el cielo despejado, pero ráfagas de viento pasaban silbándoles, tal vez conminándoles a regresar.

En su caminata se escuchaban los aullidos de los coyotes, a lo lejos, el ruido de las ramas de los árboles que  al chocar entre sí, se oyen como voces del silencio, por allá  de repente pasaba volando una lechuza, señal de mal agüero entre los campesinos, adiós comadre, le decían, por que manejaban la historia que una lechuza que pasara cerca era alguien conocido, sobretodo mujer, que se transformaba en ese animal, para por las noches salir a robar comida y gallinas a los vecinos.

Así las cosas, ellos llegaron al cerro y  compartiendo su calabazo de cususa se abrazaban y cantaban coplas de amor y  el corrido de Juan Charrasqueado.

De pronto, surgió una discusión entre ellos y perdidos de la mente y su hermandad, sacaron a refulgir sus machetes y cada uno acabó con el otro. Allí quedaron los compadres abrazados mirando al cielo y pidiéndole a Dios, perdón.

Pero se cuenta que en las noches de mayo, que fue cuando esto sucedió, se ven dos bolas de fuego que saltan de un lado a otro, y que gritos de dolor se escuchan por las laderas, y que en el cerro maldito la hierba no floreció.

La cosecha se secó y los compadres quedaron en leyenda y oración.

Ya la noche ha avanzado y hay que irse a dormir, y los primos abrazados no queremos ni movernos, titiritando de frio y muy cerca del terror, vemos que el fuego se apaga, pero en el cerro, dos luces bailan su danza de amor.

®A.M S.C.

Publicado en Nicaragua de mis Recuerdos el 8 de noviembre, 2010 con permiso de su autora.

Foto cortesía de José Rafael Burgos de Moralimpia.net