miércoles, julio 26, 2006

La historia de Aquel Almendro...


"Oí, oí, que linda" exclaman las señoras en alguna reunión cuando emocionadas escuchan en algún equipo de sonido o una vieja roconola la conocida canción de Carlos Mejía, El almendro de 'onde la Tere. Las conversaciones cesan y alguna que otra dama comienza melancólica a tararear por lo bajo mientras el resto guarda silencio, ensimismadas e impenetrables en sus propios pensamientos. Probablemente recordando con nostalgia y cariño la historia de sus propios almendros y aquel ayer que no volverá.

Ahora que estuve en Nicaragua, cayó en mis manos la historia detrás de la canción, anécdota que me pareció bonita compartir en el blog para los que "no sabíamos el cuento" porque después de todo, ¿a quién no se le viene de golpe toda su infancia cuando siente algún aroma o disfruta aquel sabor familiar?

Dicen que así va la historia...
"Siendo un niño en Somoto (Carlos) solía ir a jugar con el cardumen de primos al almendro de la tía Tere, doña María Teresa Armijo Almendárez, quien aún vive en la misma casa, solterita y sin hijos en el crepúsculo de sus 92 años. El almendro sigue en pie al igual que ella.

...Hubo un día en que su primita María Lourdes Paguaga, el nombre verdadero de la María Inés de la canción, quería almendras.

- Te voy a dar las almendras pero si me das un beso - propuso
Carlos Mejía, y se fue raudo al árbol, bajó las almendras y se las entregó. Pero en lugar de darle un beso, la primita salió corriendo adonde su papá y le puso la queja de que Carlitos quería darle un beso a cambio de almendras.

- Venga para acá jovencito- le dijeron ¿con que usted anda molestando a mi hija?

El escarmiento fue tenaz. Los días pasaron. Las almendras maduraron. Los niños crecieron. María Lourdes se casó a los 17 años, Carlos Mejía enrumbó su vida de cantor, y un día, durante una fiesta familiar cantó la canción y develó el secreto de quién era la musa de El almendro de 'onde la Tere, aunque ya casi toda la familia lo sabía.

...Ahora en las fiestas familiares, cuando Carlos Mejía toca la canción, siempre la dedica con cariño a doña María Lourdes y su esposo, don Luis Peralta, e incluso don Luis pide que la cante.

Y antes de empezar a tocarla, Carlos Mejía no deja de bromear con su prima recordándole: 'Todavía me estás debiendo el beso de las almendras."


Fragmento de "El Beso de las almendras" por Eduardo Marenco Tercero. La Prensa Magazine, 9 de mayo del 2004.

El fantasma de El Gobiado

    En Pueblo Nuevo, Jinotega, en las montañas del norte de Nicaragua, los nativos del lugar insisten que todos los martes o jueves santos, faltando cinco minutos para la medianoche, baja del Cerro El Gobiado el escalofriante espíritu de un jinete a caballo. La misión de este gélido espectro es ir en busca de alguna mujer que esté a punto de dar a luz para robarle al hijo que está por nacer.


    Según cuenta la gente, el Gobiado o el Príncipe del Gobiado como le nombran algunos, hizo pacto con el diablo hace mucho tiempo, cuando estaba en vida y ahora, cada año, su deber es buscar recién nacidos para entregarlos en sacrificio. Se oye bajar a todo galope, luciendo su capa negra. Aterroriza a su paso animales, mujeres y peones que, dominados por sus temores y los cuentos que han escuchado desde pequeños, buscan refugio tras la puerta cerrada de sus casas a obscuras. Cada año se escucha que el jinete baja hasta llegar a una finca donde entra al salón principal de la solitaria propiedad para reunirse con el demonio que lo espera en forma de serpiente. Después de cierto ritual salen de la casa y la serpiente se convierte en una enorme cerda que empezará a dar vueltas hasta abrir un hoyo en la tierra que la hunde completamente. El Gobiado entra al agujero donde quedará sumergido hasta la mitad y después depositará a las criaturas que ha robado y que seguramente sus padres no han tenido tiempo de bautizar. Su misión ha sido cumplida, su vida perpetuada.



martes, julio 11, 2006

La chancha bruja de Mateare

 Escrito por Orlando Valenzuela

Hace muchos años, cuando la gente aún creía en historias de espantos y aparecidos, en Mateare ocurrieron hechos insólitos que si no fuera porque los personajes involucrados están vivos para contarlos, nadie los creería.

    Don Juan José Velásquez es un humilde campesino de 88 años, de los cuales los últimos 15 los ha vivido en este pueblo. Todos los días sale al monte a buscar arbustos para hacer escobas de barrer patios, las que vende a tres córdobas por unidad.

    En todo Mateare lo conocen y por cariño le dicen “Chaleco”. Dice que por dormir en hamaca ha quedado encorvado y que por usar caites a veces se espina los pies y tiene miedo que alguna vez lo pique una cascabel, porque aunque él sabe que el “secreto” contra una picadura de serpiente es “morderla” para que se reviente, “pero yo sin dientes, estoy servido” dice en tono de broma.


    Don Juan cuenta que en una ocasión, cuando iba por la hacienda Santa Elena, al pasar por la Ceiba Bruja le salió una chancha grande en el camino y al verla, él clavó la mirada en los brillantes ojos del animal, al tiempo que le clavó las espuelas al asustado caballo, pero la chancha, quién sabe de dónde cogió tanta agilidad, que cuando don Juan quiso ver dónde la había dejado, se pegó el gran susto al verla correr a la par de su bestia, que como alma que lleva el diablo, siguió corriendo hasta llegar exhaustos al caserío, cuadrúpedo y jinete, no así la chancha, que misteriosamente desapareció en la oscuridad de la noche. 

Fragmento de Mateare: una ciudad apacible,  La Prensa-Julio 11/2000

miércoles, junio 28, 2006

Los duendes del potrero

    


La siguiente historia me la envió Pablo Gutiérrez, guía turístico nica, quien tuvo la amabilidad de compartir conmigo varios relatos recopilados en sus viajes por nuestro país. La historia, tal como la escribió Pablo, sucedió así:

    "Bueno, me dijo una señora muy buena que es mi madre, que cuando ella era una niña, vivía en un área rural de Nicaragua en el norte centro del país donde había mucha pobreza. Cuenta mi mamá que un día venían de otra finca lejos de la finca en donde vivía mi abuela con todos sus hijos. Normalmente, el viaje en mula tardaba 3 horas para llegar a la casa de mi abuela, pero al salir de esta finca llagaron más familiares y la entretuvieron casi dos horas, así que llegaron a las nueve de la noche. Pero en algún lugar del camino todos escucharon la risa de muchos niños. A mi abuela la acompañaban 4 de sus hijos, dos niñas y dos varones y a lo claro de la luna, en un potrero, vieron un grupo de niños o lo que parecía ser un grupo de niños vestidos todos de rojo. Mi mamá pensó que eran unos amiguitos suyos de una finca vecina, ya que estaban a punto de llegar a la finca de mi abuela. Bueno, mi abuela hizo como que no le dio importancia al evento, pero los niños empezaron a preguntarle 'abuelita no podemos ir a jugar con la Felipa que está allá jugando en el potrero?'


    Y mi abuela les contestó 'No, no, no ¿Cómo se les ocurre que van a ir a jugar a esta hora? Si ya son casi las nueve!' E inmediatamente después, ellos le contestaron que por aquellos niños podían y ellos no. Pero ella sabía que esos niños no eran los que sus hijos pensaban, así que les contestó 'No estén inventando.'

    Bueno, ese evento pasó hace cuarenta años y en la actualidad he conocido a una familia que su hijo fue secuestrado por los duendes, y que después de seis días apareció, pero su mente ya no era la misma. En la actualidad uno ve a este joven y cree que nació con el Síndrome de Down, pero la verdad es que nació perfectamente sano. También en la actualidad dice un señor que habita en el mismo lugar que a eso de las 3:00 de la tarde en un camino de tierra vio a un niño vestido de celeste que imprudentemente cruzó el camino. Tanto fue así que el señor en su jeep frenó bruscamente y vio que este niño tenía las orejas punteadas. Trató de seguirlo hacia un túnel que estaba debajo del camino de tierra para saber si no lo había golpeado. El señor siguió al niño que entró hacia el túnel, salió al otro extremo, pero no encontró a nadie. Aún en la actualidad Don Roger, que así se llama el señor, no se explica que pasó con aquel niño que vestía de celeste.

    Y mi mamá dice que después de aquel evento, preguntó a sus amiguitos que hacían en aquel potrero tan noche y que bonito el vestido rojo que les habían comprado y ellos contestaron que nunca saldrían a un potrero a esas horas de la noche porque les daba MIEDO que les aparecieran los duendes, y creo yo, que en la pobreza que vivían no podrían comprarle vestidos rojos a todos los hijos."

 
Versión tomada directamente de Pablo Gutiérrez y recogida por Martha Isabel Arana.

viernes, junio 16, 2006

Hay que bautizar al niño... ¡si no se lo lleva el duende!





    En los pueblos de Nicaragua el tema de los duendes es bastante común. Desde que somos pequeños escuchamos historias de muchachas que han sido acosadas por algún duende enamorado, o duendes traviesos que aparecen en los montes y veredas asustando a los campesinos o confundiéndoles el camino. Entre las cosas que se comenta, se dice también que a los niños se les debe bautizar sin demora, si es posible en cuanto nacen, ya que los tiernos que no son bautizados, son presa fácil de estos malos espíritus que vistiendo cotoncitas rojas, caminan en fila india con sus plantas del pie volteadas llevando "a tuto" a la criatura.

    Milagros Palma comenta en Senderos Míticos de Nicaragua algunas de estas creencias:

    "En Monimbó se dice que nunca hay que dejar a un niño solo, porque los duendes se lo llevan a la montaña para volverlos como ellos si no ha sido bautizados. En muchos lugares se oye decir que los duendes pierden en las montañas a los niños sin bautizar...Sólo los pequeños y los mudos ven a esos espíritus y entonces lloran de una manera extraña.

    En Chontales, entre las fincas ganaderas los campesinos le temen mucho a los duendes. De aquella región es Bricelda que pasó toda su infancia en uno de esos grandes dominios. Ella conoce anécdotas de verdaderos encuentros que su papá y su madrina tuvieron con los duendes. Estas son sus propias palabras: 'Cuando yo estaba tierna mi abuelita me cuidaba porque decían que a los niños sin bautizar se los llevaban los duendes. Ellos se los sacaban de su propia casa al menor descuido de la mamá'." (Tomado de Los Duendes, Editorial Nueva América, Bogotá, 1987)




domingo, junio 11, 2006

La casa de piedras de los duendes de Yalagüina

    



    En Yalagüina, municipio del departamento de Madriz, existe una cueva en cuyo interior se escuchan tambores y el cantar de un gallo. Dicen que ésta era la casa de los duendes y que en algún lugar de este misterioso lugar hay una espada de oro y una canasta de flores, pero nadie ha logrado sacarlas.

    Aquí un reportaje que le hiciera Martha Marina Gonzalez a doña Modesta Blandón, una anciana conocedora de esta leyenda:

    "Ésta (cueva) se ubica en medio de unos matorrales, a unos cinco kilómetros al suroeste de Yalagüina, en el sector de El Rodeo. Según doña Modesta Ramona Blandón López, una anciana de 87 años, en la casa de los duendes hay trazos de un cerco de piedras, el cual era un corral donde se ordeñaban las vacas.

    Dice que el duende salía de la casa de piedras y esperaba en la quebrada a Juanita Vindell, quien llegaba a lavar el maíz nisquezado, la cargaba de flores y luego se iba a tocar la guitarra en el 'cucurucho' de la casa de piedras.

    Cuando todavía podía caminar, doña Modesta Blandón visitó la casa de los duendes y, al llegar al lugar sintió algo extraño, un escalofrío recorrió su cuerpo al observar las vigas de piedras y la cueva donde éstos vivían. 'Ellos se aterraron durante un diluvio y ahora suenan los tambores', cuenta.

    Ella cree que los espíritus de los duendes siguen penando y que tienen pendiente alguna promesa echa a la Virgen. Ahora no les queda más que sonar los tambores en señal de alabanza, mientras don Horacio Aguirre, otro anciano del pueblo, afirma que el duende se fue a Honduras.

    Las nuevas generaciones de Yalagüina poco o nada saben de la leyenda, pero don Horacio Aguirre, un conocedor de la historia de su pueblo, confirma que ahí está la cueva de piedras, la cual tiene unos ocho metros de profundidad. Al fondo no se puede pasar, porque es angosta. 'Dicen que hay una canasta de flores que era para la Virgen de Santa Ana, la patrona del municipio y hay una espada de oro', asegura don Horacio." (La Prensa, 28 de septiembre, 2003)





viernes, junio 09, 2006

El pequeño doctorcito

    Esto le pasó a mi tía-abuela materna: Margarita Parajón de Escorcia. Resulta ser que por los años sesenta ella dio a luz a su último hijo varón, que por nombre le pusieron Javier. A los días del nacimiento de Javier, éste enferma gravemente y mi Tía Margarita se vuelve loca. En su desesperación, sale corriendo a media noche en las calles de León a buscar a un doctor que la socorra Inmensamente angustiada, ella va a parar a un puente que da camino a un río; y en el cual en medio del puente se le aparece un señor de muy baja estatura, el cual la detiene y le pregunta que es lo que la angustia. Ella le cuenta que su hijo está mal y no sabe qué hacer. El le dice que él la puede ayudar, y que lo lleve ante el bebé. Ella confiada, lo lleva y él entra en la casa y cuando ve a Javier, lo primero que hizo fue sacar de su diminuto maletín una especie de pomada y se la frotó en el ombligo al niño e inmediatamente él dejó de llorar. 


    En ese mismo instante mi tía toca al niño y se da cuenta de que ya no tiene fiebre. Consecuentemente a eso, mi tía se voltea para darle las gracias al misterioso doctor con su maletín para agradecerle inmensamente lo que había hecho por su pequeño recién nacido. Pero para su sorpresa, el médico de estatura pequeña, que casi parecía un enano, había desaparecido ante sus propios ojos. Jamás en el transcurso de su vida volvió a saber del doctorcito de baja estatura. Después de lo sucedido, mi tía intrigada por la desaparición del señor, empezó a preguntar si alguien había visto con anterioridad al susodicho. Para su sorpresa nadie le supo dar razón, lo único que le pudieron decir es que el que le había ayudado no había sido un médico, sino un duende. 

(Versión tomada directamente de Patricia Salazar y recogida por Martha Isabel Arana, 9 de junio, 2006)