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miércoles, abril 18, 2012

Las noches del 79 y el platillo volador



Escrito por Martha Isabel Arana
Fullerton, California 
20 de abril del 2012



Todo había pasado por nuestro repertorio de niños con futuro incierto que se entretenían a jugar para no sentir.  Benottos y Shoppers, hula hoops, los huevos en las esquinas, sal y pimienta, stop, 123 queso.  Tardes de rayuela y Harold Lloyd colgado en su mundo blanco y negro de un reloj.  Un Monopolio viejo secuestrado del armario de alguien, patines de hierro con frenos azules, el cero escondido, el pegue corrido y también el congelado.  Ya habíamos asaltado el parque, jugado jacks, hecho varias excursiones de inspección a las futuras etapas del reparto y visitado la casa de los fantasmas, la que tenía un arbolito enfrente, que era la primera de la cuadra.  Habíamos cazado mariposas y contado cien de los mejores chistes en las aceras cálidas del barrio.  Nos habíamos aprendido de memoria el LP de Grease, en una jerga que cantábamos al unísono igualita según nosotros al inglés. Habíamos practicado los pasos de Travolta, Village People, ABBA y su Dancing Queen

Bueno habíamos hecho casi todo tengo que aclarar, porque en los primeros meses del 79' a los chavalos de "La Colonia" nos dio por jugar eternos partidos de
kickball.  Nada interrumpía nuestros juegos solo alguna patrulla de la Guardia Nacional que pasaba en nuestra calle de vez en cuando y dejábamos nuestras bases a regañadientes para dejarlos pasar.  Los ojos vacíos y sin esperanza de los soldados se cruzaban con los míos, mientras los cascos verde olivo saltaban levemente en sus cabezas de muchachos demasiado jóvenes, al ritmo de sus vehículos militares.  


Ni la guardia ni la casa de los fantasmas de la esquina, la del arbolito, habían logrado que desistiéramos de nuestros partidos nocturnos. 1, 2, 3 ... ¡estás out! ¡estás out!  y cambiábamos de posición en un bolero sin fin, bailado al ritmo de las ocasionales balaceras de León, que en aquellas tardes que iban y venían, parecía que era la única melodía de fondo. 

Una noche, alguien comentó que estaba apareciendo un platillo volador en el techo de la casa de mi vecino.  Un cuento bastante curioso al que no prestamos mucha atención. Unas noches más de juego y otra vez el rumor.  El miedo fue escalando y el temor fue tal, que dejamos de jugar kickball por un tiempo.   Preferimos comenzar a pasar nuestros ratos libres en sitios más seguros como el cuarto de algún vecino, cantando
Se va el Caimán.  Yo estaba aterrorizada.  Después de todo, el platillo volador seguramente se había movido y cualquier día estaría sobre mi ventana.  No olvidemos, era yo la vecina con grandes posibilidades de ser visitada.  No quería salir de mi casa y si salía, no quería volver.  Sobre todo porque los chavalos de La Cuchilla, el vecindario contiguo, me aseguraron que por donde ellos vivían andaban escondidos detrás de los matorrales del charco de las ranas, unos hombrecitos enanos y verdes.  


Finalmente una noche, después de tanta espera y angustia, alguien llegó gritando a nuestro grupo... ¡allí está, allí está el platillo volador, corran a verlo, otra vez, en la casa de los Argüello!  Salimos todos apresurados a ver y sí, efectivamente, esferas ovaladas de luz blanca crecían y se contraían a lo lejos.  Nos quedamos todos atónitos observando el fenómeno, congelados, quietecitos, extasiados.  Alguien corrió a alertar a los dueños de la casa para que se cuidaran que no se los llevaban los marcianos (en aquella época les llamábamos marcianos y no tenían ojos negros ovalados).    Pero los extraterrestres no se los llevaron ni a ellos, ni a mí porque no había tales.   Resulta que don Carlos era soldador y en los ratos libres se ponía a trabajar en sus proyectos nocturnos.  Por cuenta las chispas de su equipo se reflejaban de alguna manera en la antena de su casa cuando él encendía la antorcha y ese era el deslumbre que nosotros mirábamos.  Por lo menos eso fue lo que yo entedí, que por no ser soldadora ni electricista nunca supe bien el cuento.  Ya nadie volvió a hablar de los marcianos, si eran verdes o parecían enanos.   Desde entonces y a través de los años, jamás me los volví a encontrar. Ni a ellos, ni a los chavalos de las noches del 79.  Todos nos fuimos para otros mundos.
 




jueves, abril 05, 2012

La muerte del pájaro azul

 La muerte del pájaro azul

Escrito por Juan Espinoza Cuadra
México
Jueves Santo de MMXII


-¡¡Lo mataron!!-, fue la exclamación desconsolada, expresada por Don Chuy al escucharlo aquella mañana, luego de los acontecimientos. –No tuvo ninguna oportunidad el Poeta-; sus palabras calaron entre el silencio de los presentes. Todos se habían reunido en torno al promontorio de tierra, en cuyo interior se encontraba depositado el cuerpo. Bajo el frondoso árbol de aguacate, acomodadas en círculo, trozos de piedras de diferentes tamaños, custodiaban el entierro. Con el fin de identificar el sitio, una mujer bastante adulta y regordeta, y un joven de unos 20 años, espigado como el tallo de una azucena, colocaron la palabra “Poeta”.

Previo a los combates callejeros, el parque del fraccionamiento donde colocaron los restos humanos, era un lugar de esparcimiento, donde por las tardes, los niños jugaban al fútbol y los adolescentes, bajo los árboles, confiaban su amor al maletín lleno de ilusiones de sus promesas. En la cafetería, en cuyo frente se leía una publicidad a un refresco de moda, podía observarse todo un infinito de golosinas a entera disposición de los transeúntes. Abundaban las aguas naturales, de naranja y limón, las preferidas, y los muy solicitados sándwich de queso o de jamón o su combinación. Al caer el Sol, los adultos mayores en sus cíclicas caminatas, le daban al parque un ambiente de sosiego. Luego, ya en la noche, éste era iluminado por luces de color blanco, cuyos haces chocaban con cierto destello sobre los limpios corredores de cemento.

-Él era un hombre íntegro-, confío Glenda, la hermana menor del fallecido. Él amaba a nuestros padres, a nosotros sus hermanos, a sus hijos. Siempre estuvo al pendiente de los detalles que nos hacían la vida placentera, hasta de aquellos insignificantes. No entiendo, y nunca lo entenderé. Cada uno de nosotros nos morimos con el disparo que le propinaron en la frente. Cada uno de nosotros, igual lo recibimos. Esos bandoleros no solo lo mataron a él, nos mataron a todos!!!!.

Daniela era conocida como La Dani, en aquellas desvencijadas cuarterías del Barrio El Madrigal, en las afueras de la Ciudad de Masacuepa; palomeras grises donde habitaba una sociedad marcada por el delito y la promiscuidad. El bar tenía por nombre, el apodo de su dueña, al frente de unas derruidas tablas de madera, asediadas por el salitre del mar cercano y el moho de la humedad circundante. El piso de tierra, mojado por los escupitajos de los parroquianos, despedía un aroma a ron barato mezclado con el tufo a la saliva mal oliente; el efluvio se percibía a tristeza, esa que se siente cuando los días no tienen fin. Esa tristeza que nos atrapa el alma al vivir una noche de féretro cerrado. A ese abatimiento que se apodera de las voluntades débiles, y que recurren al despilfarro de los placeres y al sometimiento de la extenuación de la carne. La Dani ni de joven tuvo rostro ni cuerpo hermoso. Su redondez asimétrica la privó de mancebos de algún atractivo físico; probablemente, por su figura porcinezca no osaron cortejarla para degustar de sus flácidas oquedades. 

La Dani conoció al Poeta una semana santa, él totalmente embriagado, semidesnudo, tirado en la playa; ella, caminando al atardecer intentando comprender los porqués la vida la había convertido en puta. Tropezó con un pie desnudo, mojado por el agua de mar y regreso de sus meditaciones. Para entonces contaba con 35 años.  Aquel hombre delgado, pelo extremadamente lacio, de facciones agradables, estaba totalmente borracho. Su mano derecha aferrada a una botella de aguardiente. Los zapatos a un lado de su cabeza, al igual que los calcetines. La camisa blanca abierta, totalmente desabotonada. El cinturón fuera de su hebilla. –Pobre hombre!!! ¿Qué pasó con él?- pensó para sí misma.
 
La Prensa Gráfica era uno de los diarios de mayor circulación y su director, un hombre apacible como oasis en el medio del desierto y, extremadamente riguroso, como plomada de albañil, para los quehaceres de la revisión y edición de las noticias. El Poeta fue reclutado por este insigne periodista, en la cantina Las Iguanas, en un periplo de sobriedad y lucidez, cuando le llamo la atención escribía con un grafito descarnado de madera en una servilleta arrugada. Se le hizo llamativo el pálido ensimismamiento en su labor y lo deshabitado de su entorno, con la que escribía y borraba, repetidamente. -¿Eres periodista?- preguntó. –No, no lo soy. Soy Poeta- recibió por respuesta. 

Cubrir las noticias de los políticos criollos era una labor desmedidamente aburrida que necesitaba del talento para escribir, para darle matices multicolores a lo grismente cotidiano. Luego de un año, mezclando metáforas graciosas, la columna escrita por el Poeta se hizo de un buen grupo de lectores. Su salario se vio triplicado y para tener oportunidad de cubrir sus reportajes, compró un viejo Chevrolet Impala, de color azul. Comenzó su presencia a ser familiar en los actos de gobierno y conexos, al igual que su coche, distintivo para sus colegas, que le objetaban no ser un periodista “puro”. Cotidianamente entrevistaba a políticos de todos los partidos y una que otra vez, tomarse la foto con ellos, algunas veces publicada con sus crónicas. En alguna ocasión departió con el Presidente de la República y se tomó un par de whiskys, entre una que otro comentario salido de tono, en liberal francachela. 

-Voy a tener otro hijo y lo que se me antoja es evadirme, como un acto  solemne por la vida que comienza este niño-, alcanzó a comentarle a La Dani, sentado aparatosamente en aquella silla de apariencia oxidada, de manufactura pérdida en alguna bodega inundada por las arremetidas del agua de mar. –¿Quiere un trago de aguardiente?, yo le invito- se dirigió La Dani al Poeta. Las cortinas perforadas de mayúsculos agujeros, no tapaban ni la luz ni las miradas de los que degustaban la continua libación. Los cuerpos desnudos del Poeta y la meretriz recibieron el comentario de los que tuvieron la curiosidad de echar un ojo a la voyerista escena. Con un caldo de pollo caliente, un par de tortillas tibias y 10 pesos que saco del escote sudado La Dani, se despidieron, sin decirse palabra alguna.

-Hola! Espero no te importune venga visitarte-, era La Dani con una bolsa de papel, de volumen abultado, en sus manos y saludando al Poeta; -No, tu nunca importunarás, ¿te invito comer?- y caminaron hacia el Chevrolet Impala, de color azul, estacionado a las afueras del Diario. –Daniela, quiero escribir un libro de poemas y divago en el título, -¿Cuál es su duda Poeta?, por cierto, le traigo de regalo una camisa blanca, un par de calcetines negros, un cinturón negro con una hebilla de plata, tallada con una letra P en ella, una nota donde apunté la dirección del bar, que es mi casa y una cortina nueva-.

El poemario titulado “Mi mujer era puta” se vendió completamente a la salida de su primera edición. La imprenta tuvo que hacer reajustes inmediatos para sacar las sucesivas ediciones. El poeta recibió invitaciones para leer y comentar su obra en foros internacionales de escritores. Recibió otro buen aumento de parte del editor del periódico, además de las ganancias que le redituaron la venta de su poemario. Fundó su propia asociación de escritores, donde él fue presidente, secretario y vocal, indistintamente. Lo reencontraron sus amigos de cantina, sus conocidos de bohemia, las mujeres de lecho etílico y La Dani.

Petrov, nombre inusual para los almanaques latinoamericanos, es aquel otrora joven que auxilió a La Dani para inhumar los restos del Poeta asesinado. Durante la reyerta de la noche anterior, un vecino le comento habían apresado a su padre y que lo habían llevado a una cárcel improvisada en un fraccionamiento cercano donde lo capturaron. El país estaba en total caos. Fuerzas irregulares intentaban derrocar al gobierno. Las calles de la ciudad eran un campo de batalla. Uniformados verde-olivo extremadamente armados, correteaban a todo ciudadano de apariencia sospechosa, los torturaban y mataban, si alguno, por muy lejana que fuera la posibilidad, se antojaba subversivo. Sin ley, sin orden sin estado de derecho, esas noches previas a la captura del Poeta fueron irracionalmente macabras. Petrov se escabulló entre el silbido de las balas, saltó cuerpos balaceados, desmembrados por la explosión de granadas y morteros y finalmente llegó al parque. El kiosko era el puesto de mando de las fuerzas irregulares.

Durante el asedio a la residencia donde se encontraba el Poeta, los insurgentes prendieron fuego al Chevrolet Impala, bautizado “El pájaro azul”. Su explosión e intensas llamas llenaron de horror, pavor y miedo a los vecinos. A punta de ráfaga destruyeron la cerradura del inmueble para encontrar en su silla, con una helada actitud de calma al Poeta. Una vez capturado y abundado de las más sutiles a las más enconadas majaderías e insultos, dirigieron al Poeta al parque del fraccionamiento.

-¿De qué se me acusa?- increpó el autor de “Mi mujer es puta” a los líderes de la revuelta. Petrov y la Dani de lejos fueron testigos del asesinato. Pasados unos años, los restos del Poeta fueron depositados donde aún se encuentran.


 

sábado, marzo 24, 2012

Rosas



Señora…

aquí tengo rosas

para entregarle,

abra su vidrio

que quiero enseñarle

las rosas más bellas,

que habrán de besarle.

No quiero el dinero

ni quiero sus ropas

tan sólo entregarle,

las rosas más bellas,

que acabé de cortarle,

y nada le cuesta

tentar escucharme.

Le cuento señora…

mi jardín no es grande,

tampoco es pequeño

pero es suficiente

para rebosarme

de todo lo bello

que puedo brindarle.

Yo se que su miedo

le impide escucharme

por mi piel oscura

y mis pies descalzos,

si pido en la calle

es porque mi madre,

no quiere abrazarme.

Señora no llore...

la falta de amor

que invade sus tardes,

si le ofrezco rosas

es para alegrarle,

y decirle con ellas

que yo puedo amarle.

Esther – 25/03/2012



martes, febrero 28, 2012

Hablando de mi tierra de hoy


Escrito por Judith Raquel Reyes Esquivel


¡¡¡Hablando de mi tierra de hoy!!!

Han transcurrido cuatro años de no verte, mi bella tierra, y cuántos regalos me tenés: Familia, amigos, rostros nuevos, y grandes sorpresas.

Y me pregunto: ¿Qué es el tiempo? Quizás una nueva oportunidad, porque me brindas la dicha de ver a mi Dios en la cara del Nica. Ese Nica que sufre y que goza; sufre a veces, por nuestro amor privado y excluyente, que renuncia a la justicia universal y nos encierra en nuestro mundo pequeño.

Y ¿quién es mi tierra?, me preguto: Mi tierra, es mi gente, de aquí y de allá, es el universo que hoy se concreta en Nicaragua; ayer en Venezuela, España o Roma; sólo que mi tierra tiene hoy un nombre como pretexto, pero en definitiva, es gente, personas multicolores. Es por ahora, “pequeña, aunque uno grande la sueñe” (Rubén Darío).

He vislumbrado a un Nica que sufre porque no tiene tamal ni queso para llevar a la boca, he visto con asombro hombres laboriosos, gastando su cuerpo y su energía transportando en muchos pueblos y ciudades, a rellenas y corpulentas señoras, por tan sólo dos pesos, en sus bicicletas construidas con hierro.

He visto en la mirada profunda de un niño, la hambruna que te deshace y no sabes qué hacer.... Te he visto mi gente querida, en el chavalo chorreado que vende agua helada y bolsita; en la niña que ya casi es mujer, con su yagual y su panita llenita de tortillas, que ofrecerá de casa en casa a tres por el peso, para poder llevar comida a la chorrera de cipotes que año tras año ha ido pariendo la madre de ellos.

Te he visto mi gente, en la mirada espejo del alma, tu sed, sed de Dios, que grita: ¡¡¡Por favor!!! Deme una ración, pero que sea cercano, sino, muchas gracias.



Te he visto mi gente amar y sufrir y tener esperanza en un nuevo amanecer. He visto tu fe inquebrantable que trasciende barreras, porque es amor, un amor desinteresado, que es vida en movimiento, y que busca desesperadamente aires nuevos, busca abrir ventanas de esperanza por donde se renueve el aire y se pueda sanamente respirar.

Pienso mi tierra, que la vida es una escuela, un aprendizaje, donde el dolor te hace fuerte y donde la vida es abundancia, donde cada acontecimiento es una oportunidad, donde multicolores vidas tropiezan contigo, no como una casualidad, sino como una ocasión para brindar amor.

Al respecto recuerdo lo que una verdadera amiga del alma, me enseñó no hace mucho, es una lección que difícilmente olvidaré. Ella, tiene un captus como planta de adorno entre sus cosas, me llamó la atención y le pregunté, por qué si podía hacer daño, la tenía tan cerca y expuesta a todo el mundo, me contestó sabiamente: “-Mira- esta planta es como las personas, si te acercas bruscamente te llena de espinas, si por el contrario te acercas con cariño, no te hará daño”. Es esto acaso, me pregunté, un guiño de Dios? Y es verdad, esto vale, vale para aquí, para allá y para todas partes.  Por eso sueño, sueño mi tierra, con caminos nuevos donde el Evangelio actual de Jesús se encarne en tu realidad.

Y por eso deseo afinar la mirada para cambiar mi corazón, donde todas las músicas que van sonando en él, transformen, den vida, donde el culto y la práctica religiosa dentro del cristianismo no me deje tranquila, ni me deje conforme; sino que afinen las cuerdas de mis oídos y de todas las células de mi ser, para escuchar las llamadas de Dios, que después de veinte siglos sigue esperando un cristianismo más auténtico, donde la mirada de la realidad sea siempre sin intereses personales, donde la justicia se alimente de la verdad, y donde la sencillez de vida, cree un estilo de vida alternativo y diferente. Donde nosotros ciudadanos del mundo seamos como reza la AVEC, (Asociación Venezolana de Escuelas Católicas) “constructores de sueños y profesionales de la esperanza”.




sábado, enero 28, 2012

Güirila de mi tierra

Tortilla de maíz tierno
Una güirila en su comal,
Una muchacha, nica bonita,
Te envuelve suave en sus manitas,
Con verdes hojas del chagüital.

Toda blanquita y cuidadosa
La cuajadita viene a juntar,
A mi güirila tan deliciosa
Que mató el hambre de esta nicoya,
Con cafecito para completar.


 Escrito por Esther Mendoza Urbina
Autora del sitio en Facebook Nicas hijos del maiz

domingo, enero 01, 2012

El Guerrero




Aquel que camina en la Senda del Guerrero,
-Dice el libro de un Iluminado Alfarero-
Debe poseer un corazón radiante como el sol,
Y entregar su amor a todos, cual girasol.

Debe mantenerse firme en la adversidad, como un diamante,
Y cansar con su paciencia al de intención recalcitrante.
Recibirá miles de  calumnias y alguna ofensa,
Cansancio sentirá, porque la lluvia acida tensa!
Y en esos momentos de flaquezas,
Invocará a Aquel que tiene de oro sus trenzas,
Y a  Sus Ángeles enviará, con copas de aliento,
Y toda angustia se diluirá en el invisible viento!

Ya al amanecer con vitalidad recobrada,
Monta su corcel y alza nuevamente su espada,
Avanza por la multitud acaparando miradas
Pues tiene en la piel las “Sendas del Bien” trazadas!

 Poema de 
Jinotepe
1 de Enero 2012

miércoles, diciembre 28, 2011

El Muñeco y el Bomaco, animalitos en mi recuerdo

Escrito por Alcides Rojas Chavarría (n. en Managua, 1966)

En casa de mi abuelita Yeyita (q.e.p.d.), donde viví después del terremoto que destruyó Managua un 23 de diciembre de 1972, hubieron dos mascotas que forman parte del saco de recuerdos gratos que acumuló de mis años maravillosos de niñez. Fueron dos animales emblemáticos, el uno era un gato llamado “Muñeco” y el otro un perro conocido como “Bomaco”.

“Muñeco” fue un gato de color blanco, pero un blanco perfecto, sin ninguna mancha, sus ojos eran casi rojizos y tenía una cola hermosísima. Era de tamaño tan grande que parecía un gato montés. Con esto quiero dejar claro que "no era cualquier gato", de verdad que era un gato especial.  Era un cazador nato, pero no solamente de ratas y ratones, era capaz de cobrar mejores piezas de caza como garrobos negros, iguanas verdes y conejos de monte. Por lo general, siempre cazaba garrobos subiendo a un árbol de mamón enorme, un 'palencón' que soporto un rayo que lo fulmino durante un 'temporal' en el Chinandega de los años 70.

Toda pieza cobrada por “Muñeco” no era devorada por él, sino que la llevaba hasta la casa en donde mi prima Cándida (q.e.p.d.) se la preparaba cocinada. Si era un garrobo negro, en una sopa sustanciosa (de la cual muchas veces yo comí); las iguanas verdes eran cocidas y luego desmenuzadas para el gato (para esos años las iguanas verdes no eran consumidas por los Nicas). Los conejos de monte que atrapaba en los maizales cercanos eran una delicia, primero precocidos y luego sofritos en tomatitos "de gallina" que crecían silvestres en las huertas y hasta los patios caseros (los jitomates, hoy en día ya no crecen silvestres) Quiero dejar claro que a “Muñeco” nunca lo vi que se comiera cruda alguna de estas especies, siempre las "entregaba" para su cocción y esperaba paciente su ración de recompensa. Supongo que las ratas y ratones si los devoraba porque aparecían sus restos en el patio. No recuerdo que paso con “Muñeco” porque a partir de 1975 volví a Managua y ya no supe de él.

“Bomaco” fue un perro de raza "come cuando hay" (pero tengo mis sospechas que cuidado era un mezclado), de buen tamaño, muy fuerte en comparación al perro promedio que convive en el rancho del campesino nicaragüense. Era de color 'canelo claro', con pelo corto pegado al cuerpo y una cola flexible que terminaba en un mechón blanco en la punta. Su dueño era mi tío Toño y me parece recordar que lo había traído de uno de sus viajes a la ciudad de Estelí, hacia donde viajaba con frecuencia por negocios con un su amigo de apellido Pichardo.  Este perro era un detector natural de garrobos e iguanas, parecía tener un radar incorporado (en NatGeo he visto que en los perros es más desarrollado el sentido del oído que el sentido del olfato) y por esto es que siempre nos acompañaba a "garrobear" en los patios vecinos para que don Eduardo (q.e.p.d.) con su rifle 22 buscará el mejor ángulo de tiro y derribará al garrobo (recuerden que en esos años las iguanas verdes no se cazaban ni para remedio).

“Bomaco” sobrevivió a dos accidentes de tránsito. Primero, fue atropellado por un auto interlocal que cubría la ruta Chinandega-León que le quebró la pata derecha trasera. El tío Toño se la entablillo con la ayuda de don Chico Mecatero (q.e.p.d.) y después de semanas o meses, le soldó y pudo volver a corretear. El segundo percance lo sufrió con un tractor que jalaba un tráiler lleno de algodón cuando iba rumbo hacia una de las desmotadoras que existieron en el occidente de Nicaragua durante la época dorada del cultivo del algodón. Según dijeron los testigos presenciales, fue increíble como el perro se salvó de ser triturado porque dio una vuelta completa entre la enorme rueda trasera y el guardafango del tractor. Esa vez se quebró la pata delantera... derecha y otra vez lo entablillaron, pasaron semanas o meses y nuevamente volvió a corretear, pero esta vez sí quedo "renqueando" un poco de manera permanente.
Después de formar parte durante casi trece (13) años de la vida cotidiana en casa de mi abuelita Yeyita, el perro “Bomaco” murió de viejo a mediados de 1986 y fue enterrado al pie de un árbol de Laurel que crecía en el mismo patio.

Días de diciembre, días de navidad




En esta navidad, llena de hermandad
Quiero compartir con ustedes pensamientos de felicidad.

Estos días me traen imágenes del pasado,
En mi niñez veo triquitracas, bombas y algún cachiflín carbonizado,
Que fueran quemados por algún despistado niño de mi poblado,
Que  encendiera la mecha cuando pasaba don  Inocencio vado,

Para nosotros esas travesuras nos causaban risa,
Sin entender a esa edad, que eso luego nos traerían momentos de prisa,
Cuando la vida nos enseñara, que cada acción no se borra como tiza.

Los años pasan volando,
por ello las ideas en mi mente vienen entrando.

Una vez me regalaron un tambor, 
 pero pronto lo rompí con un tenedor,
Al año siguiente me dieron una bola de hule, era roja y estrellada,
También pronto fue desollada,
Ah! pero cuando me trajeron aquel robot,
Me sentí como aquel actor del espacio, el Sr. Spot.
Lo acaricie, lo admiré y en la noche lo guardé,
Pasaron los días, dejó de moverse, y por eso me intrigué,
Agarré un desatornillador, un martillo y lo desarmé,
Pero el problema fue, que al no saber armarlo, mi impaciencia desperté,
Y el día de hoy, no recuerdo donde lo boté!.

Pasaron los años y me hice mayor,
Un diciembre recuerdo, estuvo lleno de verdor,
Conocí a una nena, que me aceleró el corazón como motor,

Les digo un secreto… yo creí que era un ángel terrestre,
Era inteligente, bonita y su piel clara olía a pino silvestre,

Fue un amor de juventud…tierno, inocente!,
Pero el color de sus labios, aun los tengo en mente!.

Fue mi novia solo doce días,
luego partió a otro país en unas polillas,
quise seguirla,  pero el destino me dijo: Pensá en otras cosillas!
No te irás de aquí, porque tenés que hacer planillas!

Aquí les dejo pues,
Mis motivos para amar este mes,
Esperando que este domingo si podés
Abraces a un hijo o a tu esposa si querés,
Y le digas al oído, sos mi vida, sos como mi tez,
En estos días navideños te amo tanto y te amaré mucho después,
Cuando la vida de este mundo pase, y llegués donde el buen Juez,
Para esperarme, si es que me voy tiempo después.

Pintura "Bailariana" y escrito de William Ampié Silva.

Jinotepe


Jinotepe, mi querido pueblo,
 Lo amo tanto, que al pensar en él de emoción tiemblo!
Pero también quiero a otros poblados de Nicaragua,
Pues no puedo limitar mi amor, como si me cubriera una piragua.

Me gusta el clima, las calles cortas y su parque,
Aunque ya no tenga  agua su estanque.
Recuerdo el día en que me fui en esa pileta de agua,
Sentí que me iba en los guindos del crucero a Managua,
Pronto lo olvidé, tenía  solo cinco años,  
Medía tan poco, que ni alcanzaba los caños,
Sí! Era gordo y chaparro,
 Unos me decían que parecía  guijarro,
Pero a pesar de eso era feliz,
Brincaba de un lado a otro como codorniz,

En el parque también había un perezoso,
Era una especie de pequeño oso,
Vagaba entre las ramas,
Moviéndose lentamente, como  telas de lanas,
Recuerdo también a los zanates,
Eran negros cual primates,
Volaban y cantaban haciendo círculos en el aire,
como si mostraran a alguien un desaire,
Y los gorriones, graciosos  y juguetones,
 entre las bancas se miraban como grandes botones,
Y en frente su Iglesia Santiago,
Erguida  sin importar si el día era aciago,
A veces sus gradas blancas subía y bajaba,
Rápidamente mientras me carcajeaba.
Esos recuerdos me vienen esta noche a la mente,
En que escribo estas frases como si en el tiempo hubiera un puente,
Imágenes de una niñez gozosa,
Que hoy las comparto con ustedes, sin importar que estén aquí o en Zaragoza.

Jinotepinos del mundo,
Nunca estén triste por no comer vaho  donde Mundo!,
Mejor den gracias al cielo,
Porque nacieron en este fresco suelo,
Que en un tiempo fuera tierra de cafetales,
Guayabas, mandarinas y árboles maderables.

Hoy muchas de esas cosas ya son parte del pasado
Pues la ciudad ha crecido, por cualquier lado,
Pero mejor paro de escribir,
Porque ya es de noche y ustedes deben dormir. 

 Escrito de William Ampié Silva.






miércoles, noviembre 02, 2011

Poema al Genízaro de Nagarote



!Genízaro, tu eres el símbolo de la humanidad, y estás enlazado a su historia,
desde el principio de su trayectoria. Genízaro del bien y de la amistad.
Tu estas con nosotros los nagaroteños, te llevamos en el alma y estas presente,
Te rendimos tributo, es nuestro sueños,
Los nagaroteños estamos pendientes.
Vive de cara al cielo y en tu tierra
Nadie puede igualarte su linaje
El simbolo de paz sobre la guerra,
Y adorna a Nagarote de su paisaje.

Al llegar la lluvia fuerte,
Se desprendió la rama y cayó al suelo,
No pudo resistir los mas fuerte,
Pidiendo clemencia al cielo.

Extendió su divina mano
Como un noble anciano,
En el parque pasan los caminantes,
Tendiendole el brazo suplicantes
Le pido que me ayuden, mi historia se viste,
El 31 de diciembre les doy alegria y derroche,
Hoy los nagaroteños estan dolientes y tristes,
El 16 de octubre fue el silencio de la noche.

Profesor José Angel Palacios Pérez.

domingo, octubre 09, 2011

El gallo pinto nicaragüense… abovecultura gastronómica...


Escrito por el Dr. Juan Espinoza Cuadra
México
Octubre de MMXI
 
 
Semilla de cereal expandido en el seudotrapecio nicaragüense, de norte a sur, imprescindible desde lo mínimo y básico hasta lo frívolo. Un chef adorna cada platillo con el arroz, vistiéndolo mestizo y encaratulándolo anglosajón, a la de Batman y Robin, con el frijol. Leguminosa y cereal, cereal y leguminosa, la mezcla astral. Desde la preparación, en la sartén, la lámina plana con su premonición alisea de los bordes, el fuego en la hornilla, el aceite caliente, los trozos picaditos de cebolla se queman infundiendo un aroma sobrenatural. Eriza la piel el crujir. El aroma penetrado desde la infancia, recorre ciclos interminables de acontecimientos y detalles. La señora de la fritanga, la empleada que nos convida, el restaurante que en su detalle del menú, lo hace Señor de la ansiada ingesta. El gallopinto es una sola palabra, sin separación. La mezcla es el secreto de cada anfitrión. Seco, transparente, aromático, se sirve con delgadas tajadas de plátano verde. Crujen en la mar de aceite, suspendidas las más fritas, en el fondo las recientes y el cazo hierve en la lumbre y trasciende el bálsamo las cuadras, las casas, los ranchos, las distancias. El amarillo dorado corona con espigas de trigo al soberano gallopinto. Desde cada hacienda, en lo mejor, o desde cada potrero humilde, llega a los changarros, el queso para freír. Chontales con su olor a ubre de vaca, sus caballos prominentes, de pasos cadenciosos, militares…. la manada, el rebaño, la leche tibia… las moscas, el lodo, las peripecias para trasladar los kilos de los quesos variados… y otra vez, la palangana inundada de aceite y el crujir para salir los trozos dorados para degustar el sabor. No se desestima nada. La carne molida resulta en albóndigas deliciosas, morenas como las mujeres de la tierra, cobrizas de piel y acento como la madre tierra. Así son las bolitas de carne, deliciosas como las tardes-noches de cualquier fritanguería, en León, Managua, San Marcos o Diriamba. Moreno el Sol en sus destellos sobre las aceras, mestizo el mantel, las viandas frescas de jitomate y col. Del plátano también el vinagre que adereza la sazón. El gallopinto es un umbral transitado por los iniciados, paladar compuesto de agua del Río San Juan, de la tierra del volcán, en las laderas del Mombacho se siembra la yerbabuena, el ajonjolí, la nicaraguanidad. Con un vaso grande, como las olas de Masachapa, se llena de chía y tamarindo, para acompañar cada bocado de chile, la cucharada. En la comidería, todos son conocidos, compartiendo los triunfos y las derrotas del día, el gallopinto es la unión, el vértigo, la razón, el enlazador de títulos profesionales con las más humildes profesiones. El tenedor y la cuchara solo se baña cada vez de la arremetida y lo usa el diputado bastardo y el profesional educado. Yo no creo en la política porque soy un soñador, pero sí creo en mis hermanos, el electricista, el barrendero, la marchanta, el vendefrutas, la señora de la tienda del barrio, el que recoge la basura, pues todos, comemos gallopinto. Yo llegaba a mi casa, aguardado por mis hijos, para sentarnos a comer gallopinto. Cuando me descasé, mantuve el recuerdo. En el río Coco mojé mis pies una tarde oscura, cuando en mi reloj marcaba el final de otra aventura. Doña Iguana, con su derrotero de arrugas, me recibió con una sonrisa desdentada. Me ofreció una tortilla caliente, su casa corrompía el ambiente a cebolla, arroz y frijol. Fue la última vez de uniforme verde olivo y de botas militares embarradas de lodo e impotencia. Matilde, el nombre de mi madre, otro nombre como Josefa, Bertha, Norma, Mayra, Marlene, Paola o Esvetlana, aguardaba a su hijo, con la mesa servida de tajadas verdes fritas, queso dorado por las brasas del fogón, y una lluvia pertinaz de olvido.

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domingo, mayo 01, 2011

El lamento de La Mocuana


Escrito por Martha Isabel Arana
Orlando, Florida 2005

La pérdida súbita de su inocencia caía sobre ella más fría y pesada que la oscuridad de la cueva que la amortajaba. El derrumbe de las piedras en la entrada aún resonaba en el esqueleto de su alma, como campanas que demasiado tarde le advertían del gran error que en nombre del amor había cometido. Silenciosa meditaba sobre el maldito y bello momento que conoció al blanco conquistador que con sus ojos claros como el cielo del Valle de Sébaco, y el cabello tan rubio como el oro que guiaba su destino, había hecho de ella un simple objeto de placer.

Acababa de ser enterrada en vida por el hombre que amaba. Había sido cruelmente engañada por aquél que la había convencido para que confiara en él y le contara el secreto del lugar donde el cacique, su padre, guardaba el tesoro que pertenecía a esta región esteliana. Generosa, lo había guiado hacia el lugar ambicionado y al obtener las riquezas, el ingrato había partido, dejándola muriendo de dolor, perdiendo poco a poco el juicio con cada lágrima de desesperación que derramaba por él.




Su padre se lo había advertido. Los blancos no se habían resignado con los regalos de oro que al principio de su llegada él les había obsequiado. Lo había notado en la codicia que se dibujaba en sus brillantes ojos al apreciar el precioso metal. Lo había adivinado en la lujuria que traicionaba sus miradas al contemplar a las jóvenes mujeres de la región.

En su encierro, la hermosa india no le temía a la oscuridad y al silencio. Había crecido corriendo en los cerros, disfrutando el agua fresca de los ríos, jugando en la montaña. Encontrar la salida de la cueva no era su problema. Era otra clase de oxígeno el que su ser necesitaba. Había traicionado la confianza de su padre, había perdido la luz tierna de esos ojos que tanto amaba, y sospechaba que en su vientre una nueva vida comenzaba a latir.

Cuenta la leyenda que la actitud de su amante y su sentimiento de culpa provocó que ella perdiera la razón. Otras versiones de esta historia aseguran que fue el cacique enfurecido quien la encerró en la montaña, condenándola a un castigo eterno a pesar de conocer su estado de preñez. Sea cual fuere la triste situación, desde aquel momento la bella joven se convirtió en la Bruja de la Mocuana, espanto temido en toda la región. Se rumora que invita a los hombres que recorren los caminos a seguirla hasta la cueva, y ellos, seducidos por su negra y larga cabellera y su hermoso cuerpo no pueden declinar la invitación. Otros aseguran que se roba y asesina a los recién nacidos, y como pago por su delito deja a los padres del niño algunas pepitas de oro como un recuerdo macabro de su infortunio. 

Ilustración de texto: David Alfaro Siqueiros

martes, abril 26, 2011

Adiós, mi vieja Managua



Escrito por Martha Isabel Arana
Orlando, Florida
Enero 2010


Es una lástima que estuviera yo tan pequeña la noche del fatídico diciembre de 1972 y solo recuerde un par de fugaces detalles de la vieja Managua. Crecí viendo a mi ciudad tras alambre de púas, en escombros, con paredes rajadas e interiores semi desnudos, sin techos ni paredes, dinamitada. Aprendí a conocer de memoria los cuentos del famoso malecón, los parques y las alegres avenidas porque las personas mayores añoraban sus recuerdos en cada reunión familiar, como queriendo exorcisar los temores de tiempos nuevos. Amé a Managua a través de los ojos de otras generaciones, con nostalgia de épocas mejores, con resentimiento hacia el terremoto que nos arrebató nuestro orgullo. La antigua capital fue para mí la imagen tras la vitrina, el objeto deseado pero nunca obtenido. Aquella ciudad que estuve a punto de vivir, pero llegué ya tarde.

Las primeras memorias de mi niñez parece que comenzaran, irónicamente, la noche del terremoto. Esas ráfagas aparentemente olvidadas, vuelven como olas de mar cuando miro imágenes de paises viviendo experiencias similiares, ayer México y Perú, hoy Haití. Mi Managua se mecía violentamente hace 37 años y los vecinos lloraban, persignándose, jurando que era el fin del mundo en una madrugada interminable de miedo y fatalidad. No estaban tan lejos de la realidad, era el fin de una época, solo el comienzo de nuevos eventos en nuestras vidas.


Yo era demasiado pequeña, no recuerdo los incendios que estallaban por todos lados por ejemplo, ni podía comprender en sí, las consecuencias de todo lo que se nos venía encima. Mi mente de niña solo captaba detalles de cosas extrañas o fuera de lugar que nunca había visto. Una panita verde con agua en el suelo me intrigaba porque de vez en cuando cobraba vida y se movía sin tocarla. El carro rojo de la familia se balanceaba como campana sin sonido, como si el espíritu de la noche lo tuviera poseído. Una vecina gritaba palabras que no entendía y alguien pasaba por la calle sollozando mi familia, donde está mi familia? Mi gente me rodeaba con rostros llenos de expresiones que yo jamás había visto, rezando y clamando ¡Sangre de Cristo! cada vez que temblaba. Mientras tanto mi querida Managua, la que murió sin dejarse conocer bien por toda mi generación, la que se fue sin darnos tiempo de darle un beso, sucumbía ante la naturaleza que nos mecía a todos aprovechando la oscuridad, sin piedad…