La muerte del pájaro azul

 La muerte del pájaro azul

Escrito por Juan Espinoza Cuadra
México
Jueves Santo de MMXII


-¡¡Lo mataron!!-, fue la exclamación desconsolada, expresada por Don Chuy al escucharlo aquella mañana, luego de los acontecimientos. –No tuvo ninguna oportunidad el Poeta-; sus palabras calaron entre el silencio de los presentes. Todos se habían reunido en torno al promontorio de tierra, en cuyo interior se encontraba depositado el cuerpo. Bajo el frondoso árbol de aguacate, acomodadas en círculo, trozos de piedras de diferentes tamaños, custodiaban el entierro. Con el fin de identificar el sitio, una mujer bastante adulta y regordeta, y un joven de unos 20 años, espigado como el tallo de una azucena, colocaron la palabra “Poeta”.

Previo a los combates callejeros, el parque del fraccionamiento donde colocaron los restos humanos, era un lugar de esparcimiento, donde por las tardes, los niños jugaban al fútbol y los adolescentes, bajo los árboles, confiaban su amor al maletín lleno de ilusiones de sus promesas. En la cafetería, en cuyo frente se leía una publicidad a un refresco de moda, podía observarse todo un infinito de golosinas a entera disposición de los transeúntes. Abundaban las aguas naturales, de naranja y limón, las preferidas, y los muy solicitados sándwich de queso o de jamón o su combinación. Al caer el Sol, los adultos mayores en sus cíclicas caminatas, le daban al parque un ambiente de sosiego. Luego, ya en la noche, éste era iluminado por luces de color blanco, cuyos haces chocaban con cierto destello sobre los limpios corredores de cemento.

-Él era un hombre íntegro-, confío Glenda, la hermana menor del fallecido. Él amaba a nuestros padres, a nosotros sus hermanos, a sus hijos. Siempre estuvo al pendiente de los detalles que nos hacían la vida placentera, hasta de aquellos insignificantes. No entiendo, y nunca lo entenderé. Cada uno de nosotros nos morimos con el disparo que le propinaron en la frente. Cada uno de nosotros, igual lo recibimos. Esos bandoleros no solo lo mataron a él, nos mataron a todos!!!!.

Daniela era conocida como La Dani, en aquellas desvencijadas cuarterías del Barrio El Madrigal, en las afueras de la Ciudad de Masacuepa; palomeras grises donde habitaba una sociedad marcada por el delito y la promiscuidad. El bar tenía por nombre, el apodo de su dueña, al frente de unas derruidas tablas de madera, asediadas por el salitre del mar cercano y el moho de la humedad circundante. El piso de tierra, mojado por los escupitajos de los parroquianos, despedía un aroma a ron barato mezclado con el tufo a la saliva mal oliente; el efluvio se percibía a tristeza, esa que se siente cuando los días no tienen fin. Esa tristeza que nos atrapa el alma al vivir una noche de féretro cerrado. A ese abatimiento que se apodera de las voluntades débiles, y que recurren al despilfarro de los placeres y al sometimiento de la extenuación de la carne. La Dani ni de joven tuvo rostro ni cuerpo hermoso. Su redondez asimétrica la privó de mancebos de algún atractivo físico; probablemente, por su figura porcinezca no osaron cortejarla para degustar de sus flácidas oquedades. 

La Dani conoció al Poeta una semana santa, él totalmente embriagado, semidesnudo, tirado en la playa; ella, caminando al atardecer intentando comprender los porqués la vida la había convertido en puta. Tropezó con un pie desnudo, mojado por el agua de mar y regreso de sus meditaciones. Para entonces contaba con 35 años.  Aquel hombre delgado, pelo extremadamente lacio, de facciones agradables, estaba totalmente borracho. Su mano derecha aferrada a una botella de aguardiente. Los zapatos a un lado de su cabeza, al igual que los calcetines. La camisa blanca abierta, totalmente desabotonada. El cinturón fuera de su hebilla. –Pobre hombre!!! ¿Qué pasó con él?- pensó para sí misma.
 
La Prensa Gráfica era uno de los diarios de mayor circulación y su director, un hombre apacible como oasis en el medio del desierto y, extremadamente riguroso, como plomada de albañil, para los quehaceres de la revisión y edición de las noticias. El Poeta fue reclutado por este insigne periodista, en la cantina Las Iguanas, en un periplo de sobriedad y lucidez, cuando le llamo la atención escribía con un grafito descarnado de madera en una servilleta arrugada. Se le hizo llamativo el pálido ensimismamiento en su labor y lo deshabitado de su entorno, con la que escribía y borraba, repetidamente. -¿Eres periodista?- preguntó. –No, no lo soy. Soy Poeta- recibió por respuesta. 

Cubrir las noticias de los políticos criollos era una labor desmedidamente aburrida que necesitaba del talento para escribir, para darle matices multicolores a lo grismente cotidiano. Luego de un año, mezclando metáforas graciosas, la columna escrita por el Poeta se hizo de un buen grupo de lectores. Su salario se vio triplicado y para tener oportunidad de cubrir sus reportajes, compró un viejo Chevrolet Impala, de color azul. Comenzó su presencia a ser familiar en los actos de gobierno y conexos, al igual que su coche, distintivo para sus colegas, que le objetaban no ser un periodista “puro”. Cotidianamente entrevistaba a políticos de todos los partidos y una que otra vez, tomarse la foto con ellos, algunas veces publicada con sus crónicas. En alguna ocasión departió con el Presidente de la República y se tomó un par de whiskys, entre una que otro comentario salido de tono, en liberal francachela. 

-Voy a tener otro hijo y lo que se me antoja es evadirme, como un acto  solemne por la vida que comienza este niño-, alcanzó a comentarle a La Dani, sentado aparatosamente en aquella silla de apariencia oxidada, de manufactura pérdida en alguna bodega inundada por las arremetidas del agua de mar. –¿Quiere un trago de aguardiente?, yo le invito- se dirigió La Dani al Poeta. Las cortinas perforadas de mayúsculos agujeros, no tapaban ni la luz ni las miradas de los que degustaban la continua libación. Los cuerpos desnudos del Poeta y la meretriz recibieron el comentario de los que tuvieron la curiosidad de echar un ojo a la voyerista escena. Con un caldo de pollo caliente, un par de tortillas tibias y 10 pesos que saco del escote sudado La Dani, se despidieron, sin decirse palabra alguna.

-Hola! Espero no te importune venga visitarte-, era La Dani con una bolsa de papel, de volumen abultado, en sus manos y saludando al Poeta; -No, tu nunca importunarás, ¿te invito comer?- y caminaron hacia el Chevrolet Impala, de color azul, estacionado a las afueras del Diario. –Daniela, quiero escribir un libro de poemas y divago en el título, -¿Cuál es su duda Poeta?, por cierto, le traigo de regalo una camisa blanca, un par de calcetines negros, un cinturón negro con una hebilla de plata, tallada con una letra P en ella, una nota donde apunté la dirección del bar, que es mi casa y una cortina nueva-.

El poemario titulado “Mi mujer era puta” se vendió completamente a la salida de su primera edición. La imprenta tuvo que hacer reajustes inmediatos para sacar las sucesivas ediciones. El poeta recibió invitaciones para leer y comentar su obra en foros internacionales de escritores. Recibió otro buen aumento de parte del editor del periódico, además de las ganancias que le redituaron la venta de su poemario. Fundó su propia asociación de escritores, donde él fue presidente, secretario y vocal, indistintamente. Lo reencontraron sus amigos de cantina, sus conocidos de bohemia, las mujeres de lecho etílico y La Dani.

Petrov, nombre inusual para los almanaques latinoamericanos, es aquel otrora joven que auxilió a La Dani para inhumar los restos del Poeta asesinado. Durante la reyerta de la noche anterior, un vecino le comento habían apresado a su padre y que lo habían llevado a una cárcel improvisada en un fraccionamiento cercano donde lo capturaron. El país estaba en total caos. Fuerzas irregulares intentaban derrocar al gobierno. Las calles de la ciudad eran un campo de batalla. Uniformados verde-olivo extremadamente armados, correteaban a todo ciudadano de apariencia sospechosa, los torturaban y mataban, si alguno, por muy lejana que fuera la posibilidad, se antojaba subversivo. Sin ley, sin orden sin estado de derecho, esas noches previas a la captura del Poeta fueron irracionalmente macabras. Petrov se escabulló entre el silbido de las balas, saltó cuerpos balaceados, desmembrados por la explosión de granadas y morteros y finalmente llegó al parque. El kiosko era el puesto de mando de las fuerzas irregulares.

Durante el asedio a la residencia donde se encontraba el Poeta, los insurgentes prendieron fuego al Chevrolet Impala, bautizado “El pájaro azul”. Su explosión e intensas llamas llenaron de horror, pavor y miedo a los vecinos. A punta de ráfaga destruyeron la cerradura del inmueble para encontrar en su silla, con una helada actitud de calma al Poeta. Una vez capturado y abundado de las más sutiles a las más enconadas majaderías e insultos, dirigieron al Poeta al parque del fraccionamiento.

-¿De qué se me acusa?- increpó el autor de “Mi mujer es puta” a los líderes de la revuelta. Petrov y la Dani de lejos fueron testigos del asesinato. Pasados unos años, los restos del Poeta fueron depositados donde aún se encuentran.