El miedo y yo!




Escrito por Alba Miriam Sanchez Cuadra

Hace alrededor de 30 años, yo fui protagonista de una historia que les voy a contar.

Vivía en chinandega, Nicaragua, que ha sido mi ciudad tambien adorada, y poseía una farmacia llamada Guadalupe.

Estaba situada en el costado sur del mercado central, en una casona de dos pisos, de esas casas antiguas que eran altas y de balcones. La farmacia ocupaba el primer piso, muy amplio con dos puertas enormes, y un patio largo que tenía al fondo un palo de naranjas agrias y unas flores de narciso. Un lavadero de ropa y un baño. Además otro cuarto que ocupabamos como bodega de medicamentos.

Los propietarios anteriores habían vivido allí, en el piso de arriba, pero sucedió que la mamá de la dueña tuvo un accidente en el baño, ya era mayor, y por abrir la llave del agua fria, abrió la del agua caliente y no la supo manejar, sufrió graves quemaduras y a consecuencia de ello, la señora falleció.

Esto y la guerra de insurrección que se avecinaba hizo que los señores se fueran del país y me vendieran la farmacia que en esos momentos me cayó como anillo al dedo.

Pasó el tiempo y ya me habían advertido los vecinos que en esa casa asustaban, yo no dejaba de creer, pero tampoco había visto, ni oído nada, pese a que cuando tocaba hacer turno, me tenía que quedar acompañada de una sobrina y de uno de mis hijos a dormir allí por una semana.

Día y noche pasaba, abria a las seis de la mañana y cerraba a las diez de la noche en tiempo normal.

De repente un día, escuché pisadas, en la parte superior de la casa, ruidos como que movían muebles de un lado a otro, y un llanto estremecedor.

Me quedé muda, y para mal de males mis acompañantes no estaban en ese momento lo cual me aterrorizó.

El miedo lo paraliza a uno, y no le da tiempo de pensar ni de actuar. Cuando llegaron les conté pero no le pusieron mente al asunto.

Tiempo después, una mañana, a eso de las seis, me fui al patio a lavar los limpiadores, antes de abrir la farmacia, y cuando voy por el pasillo escucho de nuevo aquel llanto desgarrador y veo la silueta de una mujer joven con el pelo largo cubriéndole la cara y con un vestido transparente que ondeaba al viento, sin haber ninguna corriente de aire siquiera, ella iba o estaba como flotando rumbo al palo de naranjas agrias, ahi mismo se desapareció.

Esta experiencia me asustó, temblaba como si tuviera un ataque epiléptico, y así me encontró una de mis empleadas, que al ver el estado en que me encontraba corrió donde los vecinos dando gritos.

No podia hablar, balbuceaba palabras sin sentido y lloraba a mares,lo cual me produjo una ansiedad y unos nervios que viven conmigo.

El que no haya vivido una experiencia así, que se nombre dichoso? Que por qué me sucedió a mi? No lo sé.

Pero que si sé es que es algo dificil de explicar con palabras, ese miedo, esa sensación de pánico, la paralización del cuerpo, los pies y la cabeza pesada, la lengua enredada si poder articular palabra es terrorífico pero que suceden, si, suceden...pero el cuento no termina, se decía que antes de que el accidente ocurriera, había vivido allí, un coronel, su esposa y una bella hija que la tenían recluída porque había salido embarazada de un jardinero de la antigua mansión donde vivían en Managua.

La joven no salía de sus habitaciones y sus alimentos y cuidados eran hechos por una antigua empleada que se había ido tras de su niña.

Así las cosas, un día, en un descuido, la muchacha bajó al patio y se ahorcó con un cordel en el árbol de naranjas agrias, había dado a luz y su padre envió al niño a una finca desconocida para que el mandador se hiciera cargo del niño. Esto fue desgarrador para ella, y lastimosamente no tuvo apoyo ni cariño de nadie en esos momentos.

En aquellos tiempos estos funestos hechos sucedían con mucha frecuencia, los padres queriendo tapar el deshonor acudían a estas dolorosas artimañas. Para mí, este momento vivido fué una eternidad, quería rezar y no sabía por donde comenzar, las oraciones se me olvidaban y era sencillamente el miedo que me atenazaba el cuerpo y el alma.

Días despues mandé a traer un sacerdote que me bendijera el local y que me le hiciera las misas gregorianas por el alma de la joven que por respeto omito su nombre.

Bendijeron el lugar donde acaeció el hecho y toda la casa a partir de ese momento quedó en paz.

Nunca volví a escuchar absolutamente nada, el piso de arriba jamás se usó y pienso que al fin descansó en paz esa niña. Me consuela pensar que yo fui el medio que usó para redimir su falta ante Dios.

Con los años supe que el coronel arrepentido de su acto tan cruel, se había suicidado tambien y la esposa murió de un infarto. Todo lo que hagamos en el camino de la vida, a medida que la trayectamos vamos pagando nuestros errores y disfrutando nuestros aciertos.

® A. M. S. C.

Publicado en Nicaragua de mis Recuerdos el 18 de noviembre, 2010 con permiso de su autora.